Durante las últimas tres décadas, desde la Alianza
para el Progreso -a comienzos de los años 60-, la atención se ha concentrado
en la incapacidad de la mayoría de los países latinoamericanos para
alimentarse, para establecer intercambios con países extranjeros a
través de exportaciones agrícolas para su desarrollo y para otorgar
capital para acelerar el curso del desarrollo del sector industrial.
La experiencia del desarrollo de Latinoamérica y las teorías ideológicas
profundamente enraizadas, han establecido ciertas actitudes con respecto
al medio ambiente en todo el continente, dando poca importancia a
la sustentabilidad de los sistemas alimentarios, lo que refleja el
modo como ha sido considerada la agricultura en la región, y el rol
predominante del sector industrial y urbano en los debates sobre las
políticas implementadas en los últimos treinta años.
Actualmente, la crisis agraria en Latinoamérica
también implica una crisis en la alimentación. Es necesario recalcar
que aún dentro de un continente tan urbano como es Latinoamérica,
la crisis rural no se limita a las áreas campesinas, a la agricultura
comercial o al resto de la población rural, sino que abarca, además,
a las mayorías urbanas cuyas necesidades básicas incluyen la alimentación
a bajo costo.
Tanto en las áreas rurales como urbanas, el
desarrollo durante los años 80 ha sido opacado por los problemas
de la deuda externa. Desde 1982, la deuda externa ha estado suspendida
en el aire. Para algunos ha significado un freno indirecto y negativo
para entablar los necesarios debates sobre las políticas, y para
el pensamiento crítico. Para otros, se ha manifestado de innumerables
maneras en los sistemas de la vida cotidiana, a través de las políticas
de ajuste estructural y el cierre de oportunidades sociales y económica.
Sin embargo, la obsesión con respecto a la deuda externa, no ha
aumentado el perfil de la sustentabilidad en Latinoamérica como
se hubiera esperado. Los motivos se mencionarán más adelante en
este artículo. El desarrollo sustentable en Latinoamérica aún es
un concepto remoto, casi utópico. La tesis fundamental de este artículo
es que la sustentabilidad debiera ser la base de cualquier programa
alternativo. Sin un desarrollo sustentable, la crisis estructural
que hace que la economía de Latinoamérica sea dependiente, no puede
ser enfrentada en forma seria, no se pueden establecer nuevos criterios
para la utilización de recursos y para mejorar el bienestar, y la
libertad de las personas, ni tampoco se pueden atacar las trágicas
consecuencias de un desarrollo desequilibrado, producto de una acumulación
desigual del capital.
LATINOAMERICA Y EL SISTEMA ALIMENTARIO MODERNO
El sistema alimentario moderno fue establecido
en los Estados Unidos en los años 40 y 50 (Goodman y Redcliff, 1991).
Las principales características de este sistema
necesitan ser entendidas en términos tanto del mercado doméstico
de los principales países industrializados, como de los mercados
externos que se desarrollaron después.
En el denominado "Régimen Fordist" de acumulación
en la post-guerra, la creciente productividad laboral en la industria
constituyó el impulso -a través de políticas corporativas y el estado
de bienestar- para aumentar los salarios reales y los niveles de
empleo durante los años 50, 60 y 70 en los principales países industriales
(Glyn y col., 1988). A medida que aumentaron los ingresos, el porcentaje
que se destinaba a alimentación inevitablemente disminuyó.
Esta tendencia que pudo, sin embargo, haber
establecido un obstáculo para la continua y creciente acumulación
del sistema de alimentación agrícola, fue compensada de dos formas:
En primer término, el mercado para los productos
alimenticios aumentó, con respecto a otros productos de consumo,
y junto con ello el "valor agregado" pasó a constituir un importante
elemento para determinar el precio de los alimentos. Paralelamente,
comenzaron a aparecer más alimentos envasados, mucho más procesados
y la conversión de energía, y proteína fue equiparada a través de
índices de acumulación de capital muy altos en los sectores de procesamiento
en la industria de alimentos.
En segundo lugar, se expandió el mercado de
los denominados "productos blancos", tales como refrigeradores,
freezers, lavaplatos y hornos microondas, los que facilitaron el
desarrollo de la tecnología de alimentos y redujeron el tiempo dedicado
a los aspectos más pesados de las labores domésticas, sin incluir
la parte del trabajo realizado por la mujer. Los tiempos cambian
a medida que el trabajo de la familia ha permitido a la mujer tener
mayor participación en el proceso laboral formal, especialmente
en los sectores de empleo donde las capacidades tradicionales de
la mujer habían sino "industrializadas", tales como la preparación
de comida, el servicio de personal y la industria textil. El sistema
de alimentos se desarrolló en los principales países industriales
junto al aumento del consumismo, a un creciente cambio del papel
de la mujer en el campo del trabajo y un aumento de la productividad
laboral.
Una característica clave del sistema alimentario
en los Estados Unidos y Europa occidental, fue el apoyo que los
gobiernos le dieron a los productores agrícolas. Los agricultores
tenían garantizados los precios de los cultivos y animales, y se
les ofrecía una amplia variedad de servicios de investigación y
extensión, al igual que un crédito agrícola subsidiado. Las condiciones
altamente favorables bajo las cuales producían para el mercado doméstico,
estimulaban aún más la inversión en tecnología diseñada para aumentar
la productividad. La adquisición de esta tecnología permitía que
los beneficios se traspasaran de los productores a los consumidores
a través de la disminución de los precios de los alimentos en términos
reales. La competencia tecnológica entre los productores, aseguraba
que sobrevivieran sólo los productores con mejores recursos y los
más competitivos. Así, desde los año 50, el número de productores
agrícolas de los países industrializados, ha disminuido severamente.
A pesar de la reducción de empleos en el sector agrícola, el desarrollo
del sistema moderno de alimentos marca una estrategia socialmente
articulada de la cual se han beneficiado la mayoría de los miembros
de sociedades industriales avanzadas, por lo menos a nivel de consumo
personal.
En años recientes, han surgido otros problemas
en los países industrializados que opacan el modelo de crecimiento
constante y las mejorías en el plano de bienestar personal. En forma
notable, están los altos costos ambientales de la agricultura intensiva
y las preocupaciones que han aumentado acerca de los riesgos de
los alimentos industrializados. Sin embargo, se impide que estos
problemas avancen debido a los impactos del sistema moderno de alimentación
en muchos de los países en vías de desarrollo y en regiones utilizadas
como "fuentes" para el sistema, y donde la lógica para equiparar
el creciente consumismo y la producción no se ha desarrollado realmente
con el decoro exigido por el modelo de los Estados Unidos y la Comunidad
Europea.
Durante el período de la post-guerra el desarrollo
de Latinoamérica se ha distinguido por sus estrategias socialmente
desarticuladas, bastante distintas a aquéllas de los principales
países industriales (de Janvry 1981). El proletariado urbano se
ha beneficiado sólo marginalmente de la creciente productividad,
al restringir los modelos de consumo tipo Fordist, incluyendo las
dietas a base de carne a los grupos de mayores ingresos. El crecimiento
industrial de la post-guerra, se ha basado en el trabajo laboral
de bajo costo, logrando como resultado, abastecimiento de alimentos
baratos, que se han mantenido por medio del control del precio doméstico,
la ayuda alimentaria e importaciones comerciales. Hasta que se comenzó
a sentir el peso de las políticas de ajuste estructural en los años
80, la industria de Latinoamérica y los consumidores urbanos, eran
subsidiados a costa de los productores agrícolas.
A diferencia de los países de la Organización
para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OECD), donde la política
agrícola ha sido fuertemente legitimizada desde los años 40, la
mayoría de los productores del sector agrícola de Latinoamérica,
han sido ignorados en gran medida, o han pasado a ser agricultores
temporales.
Las políticas de apoyo agrícola, basadas en
la tecnología moderna, han sido destinadas ya sea a las crecientes
utilidades obtenidas de las exportaciones o a unos pocos cultivos
estratégicamente importantes, tales como el trigo, que ha sido invariablemente
cultivado por numerosos agricultores comerciales. La dieta popular
indica que existen elementos "Fordist" y los alimentos procesados,
a menudo con un alto contenido de azúcar, han comenzado a adquirir
una creciente importancia, pero el estado de nutrición de la gente
de bajos ingresos del sector rural y urbano es incierto y probablemente
se ha deteriorado en forma significativa desde comienzos de los
años 80.
De este modo, en Latinoamérica, la "dieta Fordist",
basada en el sistema moderno a base de ganado y granos, continúa
siendo en gran medida un fenómeno de la clase media o un conducto
para los mercados de exportación. En algunos países, sobretodo en
Brasil y México, existe una agricultura que se basa en el poroto
de soya, cerdos y aves, pero estos productos sólo alcanzan una pequeña
parte del enorme potencial de población en estos países. Mientras
que en los países industriales, la agricultura ha sido transformada
a través del desarrollo del sistema moderno de alimentación -además
de la creciente acumulación de capital en el proceso de producción-,
en Latinoamérica el impacto del sistema moderno de alimentación
ha debilitado, en vez de fortalecer, la integración del uso de la
tierra agrícola y el consumo masivo.
Como se aprecia, la "dieta de transición" en
la mayoría de los países de Latinoamérica es aquella que otorga
un nivel nutricional más bajo, que substituye carbohidratos procesados
y grasa por productos alimenticios tradicionales y jugos de fruta.
Además, esta dieta presenta evidencias, no de mejorar los niveles
de vida y de bajar la proporción de gastos en alimentos, sino que
requiere un creciente uso de ingresos destinados, en términos reales,
a alimentos de un costo elevado.
En Latinoamérica, el impacto del sistema moderno
de alimentación se aprecia en una serie de otros aspectos. Los países
latinoamericanos, proveen cada vez más de cultivos forrajeros para
el ganado criado en Europa Occidental, y destinan una parte significativa
del área cultivada a lo que se denominan "frutas de invierno y vegetales"
consumidos en los Estados Unidos. Por ejemplo, México y los países
de América Central, proveen de melones, frutillas y otras frutas
al mercado estadounidense, aunque sus propios abastecimientos domésticos,
aparte de Florida, se encuentran repartidos. Como se apreciará más
adelante, la transformación de extensas áreas de bosque tropical
en grandes pastizales, se debe principalmente al estímulo por la
demanda de hamburguesas y de "comida para llevar" en los Estados
Unidos en los años 70, lo que dio origen a la denominada "hamburguer
connection". Estos enlaces de la agricultura latinoamericana con
el sistema internacional de alimentos y sus implicaciones en la
sustentabilidad, son analizados en varios puntos en las siguientes
secciones.

LA DISTRIBUCION DE LA TIERRA EN LATINOAMERICA
La distribución desigual de tierras en Latinoamérica
es el punto principal de la crisis de desarrollo de los año 80 y
90, al igual como ocurrió 25 años antes.
Por ejemplo en Ecuador, el número de propiedades
de gran extensión, sobre las 500 ha., es similar al de 1974, pero
en forma proporcional al área de tierras agrícolas, disminuyó de
45,2% a un 30% (Thiesenhusen 1989). En Chile, la proporción de grandes
propiedades, incluso de aquéllas superior a las 80 ha., disminuyó
de un 55% a un 17% entre 1965 y 1979, pero la concentración de propiedades
pequeñas, menores de 5 ha., se mantuvo. En Chile, el número de trabajadores
agrícolas según los resultados del censo, fue el mismo en 1983 que
en 1974 (600.000), a pesar de la continua inmigración urbana. En
la mayoría de los países de Latinoamérica existe evidencia que entre
1960 y 1970 aumentó el número de propiedades pequeñas en un 145
por ciento, considerando toda la región, aunque muchas de estas
propiedades, probablemente desaparecieron en las dos décadas siguientes.
El aumento de la población sin tierra, también
es algo característico en la sociedad rural de Latinoamérica. Los
ejemplos más extremos son los de América Central. Entre 1961 y 1975,
la proporción de trabajadores rurales sin tierras aumentó, de un
11 a un 40 por ciento de la población salvadoreña. Alrededor de
1980, el 2% de la población del Salvador poseía el 57% del territorio
nacional y casi toda la tierra fértil. En Costa Rica, en el año
1982, el 3% de la población poseía el 54% de la tierra. El mismo
año, en Honduras, el 5% poseía el 60% de la tierra, mientras que
en Guatemala sólo el 2% las propiedades abarcaban más del 80 por
ciento del área agrícola. Según Grindle (1986), en el año 1978 aproximadamente
más del 70% de la población rural de Latinoamérica no poseía tierras,
y aunque sólo el 37% de la población era rural, alrededor del 62%
de la población de escasos recursos en Latinoamérica era gente del
sector rural (Grindle, 1986).
El panorama de toda América Latina presenta
gran cantidad de desigualdad con respecto a la distribución de tierras,
lo que aumenta la población que no es propietaria de ella en la
mayoría de los lugares, aunque en otros sectores ocurre lo contrario,
donde el número de campesinos que poseen pequeñas parcelas ha aumentado
en forma temporal. Un gran número de familias rurales de escasos
recursos representan, indiscutiblemente, el aspecto principal de
la agricultura campesina contemporánea. Los cálculos de la FAO para
fines de los años 70 y comienzos de los 80, indican que de un 65
a 85 pro ciento de la población rural vivía en condiciones de absoluta
pobreza (de Janvry and Sadoulet 1988).
Para la mayoría de la gente de escasos recursos
de la zona rural, el tener acceso a un pequeño pedazo de parcela,
no garantiza la subsistencia; por otro lado, la inmigración a los
empleos agrícolas temporales y a las ciudades continúa siendo la
principal estrategia para sobrevivir. En muchos caos, la fuerza
laboral campesina ha sido sometida a un sistema proletario parcial.
Mientras algunos de los miembros de la familia trabajan como campesinos,
otros lo hacen en el sector urbano o como inmigrantes. Los "Eventuales"
o como los denominan en el sur del Brasil, los famosos "boias frías",
trabajadores que viven en áreas urbanas nuevas, pero que llevan
el almuerzo al campo, constituyen un aspecto importante de la sociedad
rural de Latinoamérica en los años 80.
LOS CAMBIOS CON RESPECTO AL USO DE LA TIERRA
EN LATINOAMERICA
La desigualdad con respecto a la distribución
de la tierra, a pesar de su importancia, no representa por completo
la dinámica de los cambios en el sector rural de Latinoamérica.
Han habido cambios importantes en el uso de la tierra durante los
últimos veinte años, y aunque éstos no parezcan importantes en conjunto,
sí lo son en términos "per cápita". Entre 1968 y 1985, el área de
las tierras destinadas a la agricultura aumentó de 655 millones
de ha. a 723 millones, y dentro de estas cifras, la cantidad total
arable, aumentó de 140 millones de ha. a 175 millones. Sin embargo,
si indicamos este índice de aumento en términos "per cápita", el
panorama cambia. En 1986 en Latinoamérica existía sólo 1,8 ha. de
tierra agrícola por persona, en comparación a 2,8 ha. en 1968. Una
baja que refleja la realidad e un crecimiento poblacional de un
25% en el mismo período. Según los datos del IICA (1968), la disminución
de la tierra agrícola en términos "per cápita", ha sido más notoria
desde 1983, durante el período de recesión económica posterior a
la amenaza del incumplimiento de la deuda externa de 1982.
Las cifras "per cápita" de las tierras utilizadas
para bosques y pastizales, indican una tendencia a diminuir, considerando
que las cifras de los bosques no son mucho más de la mitad de la
cantidad "per cápita" de hace 20 años atrás. Brasil es un caso especial,
ya que tiene la mayor cantidad de bosques tropicales en Latinoamérica.
En Brasil, entre 1968 y 1986, las tierras utilizadas para bosques
en términos "per cápita", disminuyeron de 7 a 4 ha.
El panorama, a un nivel marco, indica una utilización
cada vez más intensiva de los recursos, pero han habido transformaciones
mayores en la forma como se han utilizado los recursos para satisfacer
las necesidades de alimentación y exportación. Existen tres tendencias
principales al respecto:
- el paso de los cultivos tradicionales, tales
como porotos y maíz, a nuevos cultivos, en especial oleaginosas,
tales como soya y sorgo;
- el cambio de los bosques a pastizales para
la crianza de ganado;
- y la importancia permanente de las transferencias
de energía desde y hacia los sistemas agrícolas
Una de las tendencias más consistentes ha sido
el aumento de la producción de oleaginosas y cultivos forrajeros.
De los 15 millones de ha. adicionales de tierra agrícola que se
utilizó para la producción durante la década de 1970 y 1980, alrededor
del 62% fue atribuida a oleaginosas, en especial a la soya. Otro
24% del área de tierra adicional fue destinada al maíz, arroz y
sorgo. Durante los años 70, el promedio anual de crecimiento de
la exportación de oleaginosas fue de 17,2 por ciento, una estadística
que refleja los efectos de esta magnitud del cambio en la dieta
popular.
Otro aspecto, importante del cambio con respecto
a las tierras en Latinoamérica, es el creciente énfasis en la producción
de ganado para carne, especialmente en las zonas tropicales, lo
que ha contribuido tanto a la deforestación como a los cambios en
la dieta. Entre 1974 y 1983, hubo un aumento de un 28% en la producción
de ganado en toda Latinoamérica. Areas tales como la parte este
de los Andes en Colombia, fueron totalmente deforestadas en un período
de dos décadas, y de la tierra que se limpió, sólo el 16% fue destinada
a cultivos, el 31% no se utilizó y el 54% fue utilizada para criar
ganado. Más d ella mitad de esta tierra fronteriza eran campos de
más de 500 ha. En forma similar, durante la década de los 70, en
América Central, la mayoría de los préstamos agrícolas de los bancos
de desarrollo multilateral, ayudaron a financiar la producción de
ganado para carne. El Banco Mundial, estaba seriamente involucrado
en los préstamos para la producción de ganado en toda la región,
aún después del furor provocado por las críticas a su política de
préstamo (Rich 1985). En 1983, El Banco Mundial prestó US$9 millones
para un proyecto en Panamá de $25.5 millones para ganado de carne,
y mantuvo créditos a Honduras para disminuir las exportaciones de
café y plátanos y aumentar los ingresos a través de la carne y el
tabaco. A medida que el mercado de exportación de la carne en América
Central, comenzó a declinar, aumentó el consumo entre la clase media
del país. El plato típico de América Central pasó a incluir carne,
para aquellos pocos que podían costearla. Actualmente, alrededor
de dos tercios de la mejor tierra agrícola de América Central, está
destinada a la ganadería, lo que supone consecuencias para el medio
ambiente que difícilmente pueden ser estimadas (Nations an Korner
1983; Rich 1985).
La conversión de cultivos forrajeros y de granos
en proteína animal, ya sea dentro de Latinoamérica o en los mercados
de exportación, constituye uno de los mejores ejemplos de la forma
como la conversión de proteína y energía han pasado a ser internacionalizadas.
El ganado consumo 8 libras de forraje y granos (3,6 kilos) para
aumentar 1 libra (2,2 kilos) en peso, lo que constituye un factor
de conversión tres veces más ineficiente que el de los pollos y
sobre 5 veces más que el de los pescados.
En Latinoamérica, en un período de sólo cinco
años, entre 1978 y 1983, dos millones de ha. adicionales fueron
utilizadas para soya y un millón más para sorgo, lo que indica un
aumento de un 25 por ciento.
Estas áreas adicionales efectivamente ocuparon
tierras para otros cultivos, tales como porotos, en el caos de Brasil,
y maíz, en el caso de México. Además, como ya se ha apreciado, los
cultivos forrajeros, también se utilizan para alimentar al ganado
en los países de Latinoamérica. Entre 1940 y 1980, la proporción
de tierra para cultivos en México, especialmente el maíz, trigo,
arroz y porotos diminuyó de ¾ del área cultivada a menos de la mitad.
En especial el sorgo, que es utilizado para alimentar cerdos y pollos,
siendo estos últimos parte importante de la dieta de la clase media
urbana de Latinoamérica.
Los efectos de estos cambios en el uso de recursos
son varios, tanto directos como indirectos. La conversión de grandes
cantidades de bosques a tierras para criar ganado, ha precipitado
una catástrofe ambiental en los trópicos húmedos. (Myers, 1979).
Al mismo tiempo, la creciente dependencia de alimentos importados,
la que ha sido acelerada debido a la conversión de los recursos
y la proteína, ha aumentado la vulnerabilidad económica de muchos
países latinoamericanos. Finalmente, la dieta común ha sido forzada
a adaptarse al cambio de los cereales tradicionales, al trigo y
comida semi-procesada, cuyo principal ingrediente es el azúcar.
Para poder entender mejor estos procesos, se requiere analizar más
de cerca el proceso de producción de alimentos en la región.
LA PRODUCCION DE ALIMNTOS EN LATINOAMERICA
Se puede analizar la producción de alimentos
en los últimos 25 años, distinguiendo tres etapas dentro de este
período. Durante la primera fase (1964-70), la producción "per cápita"
de alimentos aumentó levemente, con un promedio de aproximadamente
1,4 por ciento al año. Este fue un período durante el cual los avances
de la "Revolución Verde" estaban aún llevándose a cabo en algunos
cultivos, sobretodo en maíz, y la tierra que se cultivaba también
estaba todavía aumentando en forma relativamente rápida. En el "Estudio
Agrícola Benchmark", realizado por Fletcher y Merrill, (1967), se
recomendó que era necesario un aumento de la producción agrícola
de Latinoamérica superior a un 4% al año, para poder satisfacer
las demandas internas de alimentos y para disminuir las importaciones
de una producción doméstica deficiente. De esta forma, la producción
agrícola total de Latinoamérica, debería aumentar más de un 5% al
año para satisfacer tanto la demanda interna como las metas de exportación.
Durante gran parte del período entre 1964 y 1984, la producción
total de alimentos casi alcanzó el nivel sugerido para lograr una
producción agrícola total. Fue de un 3,8% entre 1970 y 1980, con
una disminución a un 1,7% entre 1980 y 1984. Esto constituyó cifras
levemente inferior que lo sugerido por Fletcher y Merril, especialmente
si no se considera el proceso previo de exportación.
Sin embargo, estas cifras ocultan dos tendencias
muy importantes que sirven para obstaculizar cualquier resultado
positivo de esta perspectiva a largo plazo. En primer lugar, la
producción de alimentos "per cápita", apenas aumentó durante este
período, y entre 1980 y 1984, realmente disminuyó alrededor de un
0,7% al año. La situación en la década de los 80, fue en verdad
peor que hace dos décadas atrás, esto en términos "per cápita".
Entre 1980 y 1984, sólo tres países lograron un aumento neto en
la producción de alimentos "per cápita", estos son, Chile, Argentina
y Uruguay. Después de 1982, la situación empeoró debido al problema
de la deuda externa, aunque ya venía deteriorándose antes de 1982.
Esto se manifestó de varias formas. Por ejemplo,
la producción de alimentos se situó en segundo lugar dentro del
aumento de los índices de exportaciones agrícolas. El promedio del
aumento de los cultivos de exportación fue de dos veces más que
los cultivos para la subsistencia durante el período entre 1964-84.
Alrededor de 1988 según el informe del Consejo Mundial de Alimentos
de las Naciones Unidas, la producción "per cápita" de granos había
disminuido en un 7% desde las cifras obtenidas en 1981. Como se
puede apreciar, se comenzaba a acumular evidencia de que estas caídas
se reflejaban en los altos índices de desnutrición, especialmente
entre los niños de edad escolar. Sin embargo, existen otros factores
relacionados a la crisis de la deuda externa que también tenían
conexión con la baja de la producción de cultivos, tales como las
restricciones para obtener créditos rurales y la reducción de inversiones
públicas en la agricultura de Latinoamérica, especialmente gastos
en infraestructura, obras de riego y conservación de suelos. Finalmente,
el efecto del proteccionismo agrícola en Norteamérica y Europa occidental
fue rebajar los precios de los cultivos de zonas templadas, lo que
dio como resultado que se exportara mayor cantidad de granos a Latinoamérica
y que hubiera menos trabajo doméstico en la producción de cultivos.
El apoyo entregado a las exportaciones agrícolas
en la región, a través de créditos externos y subsidios de los gobiernos
de cada país, ha llevado a algunos observadores a simplificar la
relación que existe entre la producción de alimentos y los cultivos
de fácil retorno económico. A veces está implícito el hecho de que
hay una división entre pequeños campesinos que producen cultivos
y grandes agricultores que producen para la exportación. Esto constituye
una simplificación según los datos proporcionados por la CEPAL (López
Cordovez, 1982). A los pequeños agricultores se les atribuye casi
la tercera parte (el 32%) de las exportaciones agrícolas y un mayor
porcentaje de algunos cultivos, como por ejemplo el 41% del café.
Al mismo tiempo, a los grandes agricultores comerciales se les atribuye
la mayoría de los cultivos, el 68% del arroz y un 49% de la producción
de maíz. La mayoría de los cultivos tradicionales son producidos
por pequeños agricultores, especialmente las papas (61%) y los frijoles
(77%), cultivos para los cuales no se han desarrollado ni tampoco
difundido nuevas tecnologías.
A veces, una segunda suposición es que los
pequeños agricultores están menos orientados al mercado que los
grandes agricultores. Gran parte de la literatura señala implícitamente
que la agricultura latinoamericana está divida entre grandes agricultores
orientados al mercado y millones de pequeños campesinos que son
autosuficientes. Esta es una visión poco exacta del sector agrícola
debido a varios motivos. Los datos de México indican que mientras
en el año 1940 los campesinos que tenían terrenos de menos de 5
ha., vendían el 40% de su producción; alrededor de 1970, esto había
aumentado a un 81%. Estos datos se refieren a productores independientes.
Pero está claro que la comercialización de los mercados agrícolas
afectaron de igual manera a los grandes y pequeños productores.
Hoy en día, México es un país donde la mayoría de los pequeños productores
rurales destinan la producción al mercado, ya que compran importantes
cantidades de cereales, en especial maíz, cuando lo necesitan. También
es un país donde hay muchos más trabajadores rurales asalariados,
que campesinos independientes, lo que nuevamente elimina las suposiciones
implícitas que pueden haber al respecto (Montanez y Aburto, 1979).
Ante la creciente población urbana y el aumento
de la dependencia de alimentos importados, algunos países latinoamericanos
han iniciado programas para aumentar la producción doméstica de
cultivos estratégicamente importantes. Dos ejemplos que vale la
pena analizar son el programa del trigo en Brasil y la producción
de arroz en Colombia.
Entre 1966 y 1987, la producción de trigo en
Brasil, aumentó de menos de un millón de toneladas, a más de 6 millones,
abasteciendo así alrededor del 87% de la demanda doméstica a fines
de la década de los 80 (CIMMYT, 1989). Sin embargo, este aumento
de la producción aparentemente impresionante, sólo fue posible a
través de grandes subsidios para los agricultores y, en algunos
años, por ejemplo en 1984, Brasil aún importaba una gran parte de
sus necesidades domésticas. En 1974, el programa del trigo dio origen
al primer centro de investigación agrícola EMBRAPA (Instituto de
Investigación Agrícola de Brasil) con el apoyo del CIMMYT a nivel
internacional. Al poco tiempo, el aumento de la producción doméstica
de trigo pasó a ser un importante objetivo de la política económica
de Brasil, cuya dependencia de abastecimiento de cereales de otros
países, había aumentado durante los años 70. El trigo tuvo el apoyo
de subsidios debido a que cada vez adquiría mayor importancia en
la dieta urbana. Pero efectivamente, los pequeños campesinos que
cultivaban cereales tradicionales, tales como arroz, frijoles y
yuca, pagaron los costos de estos subsidios. A pesar del aumento
de la producción durante los años 80, Brasil ha modernizado la producción
de trigo a un cierto costo. La energía que se utiliza en la producción
de trigo es muy alta, en especial el combustible y los pesticidas
que se ocupan, y la cantidad de energía que se obtiene de esta producción,
es incierta. Brasil tampoco ha logrado conseguir ser autosuficiente.
En 1989, el gobierno de Brasil esperaba importar un millón de toneladas
de trigo desde Argentina, su histórico rival y, aunque Brasil es
el segundo exportador agrícola más grande en el mundo, aún así,
sólo produce el 1,2% del trigo a nivel mundial.
Otro ejemplo de un programa de apoyo del gobierno
para aumentar la producción agrícola, es el caso del arroz en Colombia
(Hansen, 1986). Como se ha podido apreciar, entre la década del
60 y la del 70, el punto de atención del desarrollo agrícola en
muchos países de Latinoamérica, pasó a ser el aumento del rendimiento
en vez del aumento del área bajo cultivo. Este proceso de modernización
ha sido descrito como un cambio del exterior al interior (Goodman
y Redclift, 1981). En la mayoría de los casos, como el del trigo
en México, muchas variedades de cultivos de granos de alto rendimiento
beneficiaron, principalmente, a los grandes agricultores comerciales
y la adquisición de nuevas tecnologías, a menudo, sirvió para prolongar
más la posesión y el control sobre las tierras. En el caso de Colombia,
el arroz tradicionalmente considerado como un cultivo de los pequeños
campesinos, dejó de serlo una vez que el gobierno colombiano se
interesó seriamente en aumentar la producción. Entre los años 1960
y 1980, la producción total de trigo en Latino América aumentó aproximadamente
en un 85%, debido principalmente a las variedades de mejor calidad
desarrolladas por el Centro Internacional de Agricultura Tropical
en Colombia (CIAT).
En Colombia, en el año 1950 habían 133.00 ha.
de arroz. Alrededor de 1982, esta área había aumentado a 474.000
ha. Durante este período de 30 años, la producción aumentó más del
doble. De 1,8 toneladas por ha. a 4,0 tons. Por ha., y aproximadamente
en el año 1982, la producción total aumentó de 241.000 toneladas
a más de dos millones. Los incrementos en rendimientos obtenidos
del arroz eran de tal proporción, que se logró solventar los grandes
gastos de fertilizantes y pesticidas que habían aumentado enormemente
deprecio. Sin embargo, durante la década de los 60, el número de
campesinos que cultivaba arroz, disminuyó a la mitad, y, en el año
1981 aproximadamente, casi la mitad de la tierra cultivada con arroz
estaba distribuida en propiedades de más de 100 ha. Antes de 1960,
el arroz era cultivado solamente en terrenos pequeños, la gran mayoría
eran de menos de 5 ha. El arroz llegó a ocupar un lugar de creciente
importancia en la dieta de la población de Colombia. Entre 1953
y 1970 solo el azúcar y el arroz eran consumidos en grandes cantidades
por el promedio de la clase trabajadora en Colombia. El arroz era
relativamente barato, pero para producirlo se requerían pocos trabajadores
rurales, la mayoría de ellos trabajadores asalariados. Como en Ecuador,
el país vecino, la producción de arroz en Colombia en la década
de los 70 cubrió las necesidades alimenticias de la ciudad para
los alimentos de bajo precio, pero el costo fue tener que desplazar
a un gran número de pequeños productores, aumentar la concentración
de tierras y el capital, y tener que asumir grandes consecuencias
ambientales como resultado de la aplicación indiscriminada de productos
químicos (Redcliff, 1978).
En Colombia y Ecuador, al igual que en otras
partes de Latinoamérica, el fomento de la producción de cultivos,
no ha probado ser la solución para la falta de empleo rural. Sin
embargo, lo que también hace falta enfatizar es que al reducir el
precio de la producción comercial de cultivos tales como el trigo
o el arroz, se presentan efectos nutricionales adversos, ya que
se fijan precios de otros cereales fuera del mercado y estos a menudo
son inaccesibles. Esto diminuye la variedad en la dieta común de
la población y el consumo de alimentos tradicionales tales como
legumbres y frutas. El arroz ha pasado a ser el alimento de la población
de escasos recursos en Colombia, ya que los precios de los cereales
alternativos han aumentado. Sin embargo, la mayor producción de
arroz no ha disminuido la dependencia del país de las importaciones
de alimentos. En 1953, Colombia importó 111 millones de toneladas
de productos agrícolas y alrededor de 1980, esta cantidad había
aumentado a 1.023 millones. En Colombia, al igual que en la mayoría
de los países latinoamericanos, el creciente aumento de la producción
de alimentos, ha tenido una cercana conexión con la exportación
de alimentos, sin presentar mucho beneficio neto debido a que no
se obtenían grandes ganancias de ésta.
Según la FAO, las importaciones agrícolas para
toda Latinoamérica, aumentaron en forma impresionante entre 1970
y 1980. Para satisfacer todas las necesidades de abastecimiento
de alimentos, las importaciones se duplicaron en Venezuela, Chile
y Brasil durante este período, y se cuadruplicaron en México.
EL HAMBRE Y EL CONSUMO DE ALIMENTOS EN LATINO
AMERICA
El hambre en Latinoamérica no es ninguna novedad,
pero en los últimos 10 años, aproximadamente hasta 1990, el hambre
en esta región ha adquirido nuevas formas. Actualmente, Latinoamérica
es un continente asombrosamente urbano, y el hambre refleja este
hecho en forma creciente. Entre 1960 y 1980, la mayoría de los países
latinoamericanos experimentaron una rápida urbanización y debido
a que aumentó la proporción de gente que vivía en las ciudades,
el crecimiento natural en las zonas urbanas adquirió mayor importancia
que el flujo de inmigrantes que llegaban a la ciudad. Alrededor
de 1990, son pocos los países en Latinoamérica donde predominan
las zonas rurales y en la mayoría de los países más grandes, tales
como Brasil, Argentina y México, por lo menos 2/3 de la población
total vive en la ciudad.
¿Qué
significado tiene este nivel de urbanización para el hambre y la
nutrición de la región? ¿Quiere decir que habrá que producir más
alimentos en forma doméstica o importarlos para poder satisfacer
las necesidades de la creciente población?
La urbanización también implica importantes
cambios en los hábitos alimenticios, ya que la gente de la ciudad
come más carne cuando tienen suficientes ingresos; además, consume
más aceite y grasa, pan de harina de trigo, y menos cereales tradicionales,
raíces y tubérculos. Por otro lado, es probable que el crecimiento
urbano ejerza mayor presión sobre los productores de yuca y frijoles,
ya que éstos nunca han sido marginados de los programas de investigación
agrícola.
En 1982, los estudios que habían antes de que
hiciera crisis el problema de la deuda externa, indicaban que un
gran porcentaje de la población presentaba un serio nivel de desnutrición.
En 1980, mas de 50 millones de personas consumían una cantidad de
calorías diarias bastante más baja que el mínimo recomendado por
la Organización Mundial de la Salud (OMS). De estos 50 millones,
aproximadamente 20 millones presentaban un nivel de desnutrición
serio. Los estudios iniciados por el Instituto de Nutrición de México,
como parte de la investigación para innovar el proyecto del Sistema
de Alimentación de México (SAM), demostraron un alarmante índice
de desnutrición. Más de la mitad de la población (el 52%), consumía
diariamente una cantidad de calorías menor que el mínimo indicado
por la OMS, y un tercio de las proteínas recomendables de 80 grs.
diarios. En 1980, el 28% de la población mexicana presentaba un
grave nivel de desnutrición.
Datos más recientes confirman estas cifras.
En 1985, el Instituto Nacional del Consumidor de México, señaló
que el 60% de la población no consumía carne, para la cual existían
pocos substitutos de proteína adecuados. Y la mayoría de las familias
que se encuestaron, habían disminuido el consumo de vegetales desde
1982. Una gran mayoría de la población en 1970, consumía muy poco
arroz, huevos, fruta o vegetales, según esta encuesta. Entre 1981
y 1987, el consumo de carne "per cápita" disminuyó alrededor de
un 37%, (Calva, 1988). Desde 1979, la situación en vez de mejorar,
empeoró. En ese tiempo, la dieta más típica de las personas que
fueron encuestadas por el Instituto de Nutrición de México consistían
en: frijoles con tortilla de maíz, atole (bebida de harina de maíz)
con pan, y sopa de pasta y frijoles.
En Brasil también se ha obtenido evidencia
de una desnutrición a nivel general. En 1974, según la Encuesta
Nacional sobre Gastos de Familia, el 68% de los brasileros comía
menos que el mínimo indicado por la OMS. En esta encuesta, el 37%
de los niños eran desnutridos, y el 20% presentaba una desnutrición
seria. El impacto de la recesión económica al comienzo de los 80,
parece haber afectado en forma adversa el consumo de proteínas en
Brasil, al igual que en otras partes de Latinoamérica. Entre 1979
y 1983, el consumo de carne "per cápita", bajó de 27,4 kilos a 15,2.
En 1985, el Ministro de Planificación de Brasil calculó que 86 millones
de personas, alrededor de 2/3 de la población, presentaban un nivel
de desnutrición. Las fuerzas armadas de Brasil, admitieron que el
47% de aquellos que habían postulado al servicio militar, habían
sido rechazados por presentar un nivel de nutrición deficiente.
Sin considerarlo sorprendente, la situación era aún peor en la parte
noreste del país. El 16% de los niños eran de estatura más baja,
y el 20 por ciento pesaba menos que el promedio del país.
Los estudios acerca de barrios urbanos de escasos
recursos, han revelado que el bajo nivel de nutrición es consecuencia
del aumento del precio de los alimentos en términos reales. En Bolivia,
estudios realizados por George (1958), señalan que en las encuestas
de familias urbanas, la cantidad insuficiente de calorías que consumen
varían entre 39 y 50%, y con respecto al consumo de proteínas es
de 60%. Aproximadamente el 60% de la población estaba desnutrida.
Es en especial revelador que en términos del número de horas de
trabajo que se necesitan para comprar 1.000 calorías, todos los
items principales de alimentos eran considerablemente más caros
en 1984 que en 1975.
La relación entre la disminución del consumo
de alimentos y el aumento real de los precios es también evidente
según datos recientes de México. Entre 1987 y 1988, el poder comprador
con respecto a la carne, de los que reciben salario mínimo, disminuyó
en aproximadamente un 30% (Calva, 1988). En Abril de 1988, el Dr.
Rafael Ramos Galván, un destacado pediatra, señalo que 2/3 de los
niños en México estaban desnutridos y que ¾ de las enfermedades
que presentaban estaban relacionadas con bajo nivel de nutrición.
EL CAPITAL EN LA AGRICULTURA DE LATINO AMERICA:
LA MODERNIZACION SELECTIVA
El fracaso en la distribución de la tierra
en forma más equitativa y el fracaso para satisfacer los requisitos
básicos de alimentación de la población, dos características de
la reciente historia de Latinoamérica, no son evidencia de que el
sector agrícola de la región no haya podido desarrollarse. Desde
que los estudios del Comité Interamericano para el Desarrollo de
la Agricultura (CIDA) fueron publicados a comienzos de los años
60, la agricultura de Latinoamérica se ha transformado casi más
allá de lo que se pueda reconocer. En 1967. Fletcher y Merril habían
discutido que una estrategia para el desarrollo agrícola implicaba
concentrase en cuatro aspectos que hasta ahora se había comprobado
que faltaban:
- El desarrollo de tecnologías para la producción
agrícola y servicios anexos.
- Proporcionar contribuciones para el sistema
agrícola moderno, en especial créditos agrícolas.
- Avances de mayor importancia en el marketing.
- Otros apoyos de preferencia para la agricultura.
Dentro de un período de 20 años, cada uno de
estos factores estaban al alcance de los grandes agricultores y,
como ya se apreciará, de una minoría de pequeños campesinos estratégicamente
importantes.
Entre 1960 y 1980, se experimentaron enormes
cambios en el uso de fertilizantes. Su uso se duplicó, aumentando
de 3,6 millones de toneladas a 6,8 millones: un crecimiento anual
de un 8,5 por ciento. La producción de fertilizantes dentro de Latinoamérica
aumentó en forma aún más impresionante, cinco veces entre 1964 y
1982. Las cifras con respecto a todo el continente, señalan que
el uso de fertilizantes se triplicó en los años 60 y nuevamente
en los 70. Estos cambios iban acompañados por una rápida mecanización
de los grandes campos de la región. Entre 1965 y 1980, el número
de tractores casi se duplicó, de medio millón a casi un millón.
En forma consecuente, la cantidad de tierra arable con tractor disminuyó
de igual forma. En algunos países, tales como Venezuela y México,
fue más de la mitad entre los comienzos de los años 60 y 82. Como
parte de los gastos agrícolas, la maquinaria se duplicó entre 1960
y 1980.
Igualmente, alrededor del años 1980, los costos
de combustible y de operación de la maquinaria, constituían una
parte mucho mayor que los costos totales de operación. También está
claro según los datos, que otros cambios se aproximaban, lo que
hacía que los grandes campos en Latinoamérica se preocuparan más
del capital. El uso de pesticidas casi se duplicó entre 1969 y 1980
(López Cordovez, 1982) y hubo un aumento de la tierra irrigada,
la que aumentó de 10,2 millones de ha. en 1970 a 14,4 millones en
1981. El aumento de la producción en los grandes campos se refleja
en el hecho de que estos costos de operación relacionados con los
avances tecnológicos como una parte de los costos totales de producción,
aumentaron de un 31 por ciento en 1960 a 44% en 1980, un período
durante el cual los costos de mano de obra nuevamente como parte
de los costos totales de operación, eran casi la mitad (López Cordovez,
1982).
Existen dos aspectos en este cambio que conducen
a una mayor capitalización y que necesitan ser analizados. En primer
lugar, hasta cierto punto, la importancia cada vez menor de los
salarios indica un aumento de los trabajadores temporales en el
proceso laboral y el reemplazo de trabajadores permanentes por temporales.
En su búsqueda por controlar la fuerza laboral a través de arreglos
institucionales dentro del sistema estatal, tales como el cultivo
colectivo y el arriendo de las tierras -al igual que formas laborales
impuestas o por contrato- la agricultura capitalista moderna se
ha inclinado por el trabajo temporal fuera del sistema estatal,
dejando los costos al producto o a los campesinos. En segundo lugar,
para poder financiar este nivel de capitalización, la agricultura
comercial moderna ha dependido en gran medida de la obtención de
créditos subsidiados, no sólo para obtener un nuevo capital, sino
también para solventar los costos de operación.
El costo de capital para muchos productores
agrícolas fue reducido por subsidios del gobierno y el apoyo a las
industrias que otorgaban estos suministros, al igual que los productores
que las utilizaban. Como se ha podido apreciar, el avance tecnológico
era el objetivo principal de la estrategia agrícola a fines de los
años 60. (Merril y Fletcher, 1967). La creciente inestabilidad en
el mercado mundial de granos y la disminución de ayuda alimenticia,
e importaciones a concesión, estimuló nuevamente los esfuerzos para
modernizar o industrializar el proceso de producción agrícola. La
principal manera para hacer efectivo este cambio, de beneficiar
a través de la protección del Estado, tanto a los grandes productores
comerciales como a los pequeños, fue a través de la prolongación
del crédito agrícola subsidiado. En la década de los 60, casi todo
el crédito agrícola en Latinoamérica fue para los grandes productores
que cultivaban poca variedad de cultivos de fácil retorno económico,
tales como el algodón en Perú, azúcar en la parte tropical de Bolivia,
café, algodón y azúcar en Guatemala.
A fines de la década del 60, en Costa Rica,
el 88 por ciento del crédito agrícola fue utilizado por agricultores
que tenían tierras de más de 200 ha. Durante el mismo período en
Colombia, solo el 10% de los campos recibieron líneas de crédito
oficiales (Grindle, 1986). Los créditos fueron duramente denegados
a aquellos que no poseían título de tierras, que tenían poca maquinaria
agrícola y que tenían pocas oportunidades para utilizar insumos
agrícolas relativamente caros.
En los años 70, esta distribución de los créditos
agrícolas continuó, pero la cantidad aumentó en forma significativa.
Con una alta inflación, el acceso a un crédito subsidiado implica
tener grandes "rentas institucionales", forzando la concentración
de la propiedad de las tierras. Como se ha apreciado, esta distribución
del aporte del Estado sirvió para marginar aún más a los pequeños
productores tradicionales de la yuca y del frijol, que comenzaron
a aumentar de precio y a disminuir su importancia en la dieta popular.
Sin embargo, para apreciar en su totalidad el nivel de los cambios
en los grandes campos de Latinoamérica, es necesario ver el nivel
de la participación transnacional que comenzaba a tener un papel
central en la reestructuración del capital, a comienzos de la década
de los 60.
El problema de la modernización agrícola en
Latinoamérica ha sido mencionado en los informes del CIDA. A comienzos
de la década del 60, el camino preferido pro la mayoría, y a menudo
considerado el único camino viable, era la reforma agraria. Se esperaba
que aumentaría el mercado interno redistribuyendo las tierras y
dando así mayor seguridad a los antiguos campesinos y generando
demanda tanto por los alimentos como los productos de la industria
latinoamericana.
El modelo histórico fue el de Norteamérica
y, hasta cierto punto, el de los primeros países industrializados
de Europa occidental. La otra "alternativa" para la modernización
agrícola fue favorecida por algunos economistas, pero descartada
por los estructuralistas, quienes afirmaban que este método haría
que la sociedad rural de Latinoamérica fuera más desigual en vez
de más equilibrada. Esta alternativa planteaba utilizar la tecnología
y el capital para eliminar la reforma agraria por completo, es decir,
terminar con la "agricultura feudal" a través de una capitalización
selectiva o una "modernización conservadora" como ha llegado a ser
conocida en Brasil.
El camino tecnocrático es el que triunfa y
la relación entre la agricultura, y la industria aumenta, pero la
modernización tecnocrática no aumentó, en forma significativa, la
demanda doméstica por la variedad de productos que Latinoamérica
podría producir, y las desigualdades sociales, lejos de desaparecer,
realmente, se acrecentaron.
La idea de que los problemas rurales en Latinoamérica
podrían ser enfrentados por medio de la modernización tecnocrática
alcanzó su apogeo en los programas de "desarrollo rural integrado"
que se llevaron a cabo durante la década de los 70. Uno de los primeros
fue el programa mexicano PIDER, establecido en 1972 y para el cual
el Banco Mundial contribuyó con U.S.$ 1,8 billones entre 1973 y
1980. Se esperaba que el programa PIDER, que incluía una infraestructura
rural de pequeña escala, programas de productos agrícolas y empleos
que no estuvieran vinculados a la agricultura, abarcara 6 millones
de personas alrededor del año 1980, aproximadamente el 22% de la
población rural de México en esa época. Alrededor del año 1975,
se dio inicio a un programa similar en Colombia, el DRI, que estaba
más orientado a la difusión de variedades mejoradas de cultivos,
a diferencia del programa PIDER, en el cual se le dio menos importancia
a las industrias rurales y a la infraestructura. Durante los primeros
cinco años, el programa DRI abarcó a 1,5 millones de personas en
áreas rurales de Colombia, aunque el presupuesto fue bastante menor
que el del programa PIDER.
El experimento de Brasil con el "desarrollo
rural integrado" fue realizado a través del programa POLONORDESTE,
para el cual el Banco Mundial también entregó un apoyo substancial.
En el caso del programa POLONORDESTE, al igual que el PIDER y el
DRI, estos programas demostraron que no era posible manejar los
problemas de la pobreza rural por medio de la capitalización. De
hecho, debido a la falta de políticas para proteger a los más vulnerables,
la calidad de vida de la población rural de bajos ingresos empeoró
debido a la capitalización de la producción agrícola y a los cambios
que ésta originó en los sistemas de cultivos, y en la tierra rural
y mercados laborales (de Janvry y Saloulet 1988).
EL CAPITAL TRANSNACIONAL EN EL COMERCIO
AGRICOLA DE LATINO AMERICA
Al
analizar la importancia de las corporaciones transnacionales en
el comercio agrícola latinoamericano, se necesita recordar que Latinoamérica
no constituye un mercado significativo para el comercio agrícola
de Estados Unidos, el que considera a la región como una fuente
de alimentos, fibra, y mano de obra barata. En 1981 y 1982, las
exportaciones agroindustriales de Estados Unidos a Latinoamérica,
de un monto de U.S.$6,3 billones, constituyen solo el 14,7% del
total de las exportaciones de Estados Unidos, y casi la mitad eran
exportaciones de cereales. Las principales zonas de comercio agrícola
que van adquiriendo mayor importancia para Estados Unidos, son Europa
occidental y Japón, y ambas zonas experimentan un mayor grado de
proteccionismo que Estados Unidos. En el caso de la Comunidad Europea,
esto ha significado importantes incursiones en los mercados de exportación
de Estados Unidos. Sólo dos países latinoamericanos figuran como
importantes competidores de exportaciones agrícolas; éstos son Brasil
(soya) y Argentina (trigo y soya). Al mismo tiempo, desde 1982,
la crisis de la deuda disminuyó la demanda de Estados Unidos por
los productos agrícolas de Latinoamérica. Las exportaciones de Estados
Unidos en México disminuyeron más de U.S.$ 1 billón entre 1981 y
1985, aunque fueron apoyadas por importantes créditos de exportación
otorgados por el gobierno de los Estados Unidos.
Sin embargo, las estrategias del comercio agrícola
de Latinoamérica son importantes, precisamente debido a que han
sido el principal medio a través del cual se siguió el sistema de
modernización agrícola en la década de los 70 y 80. Las principales
características del comercio agrícola en Latinoamérica se pueden
resumir de la siguiente manera:
- Como ya se ha mencionado, a nivel global,
ha habido una importante transformación de la división laboral
internacional en la agricultura, caracterizada por la creciente
dependencia de los países del Tercer Mundo de las importaciones
de alimentos de las economías industriales avanzadas. No es una
coincidencia que la pérdida de estabilidad con respecto a la alimentación
vaya acompañada de una integración más cercana a los mercados
globales, a través del comercio agrícola y el aumento de la producción
por contrato. Recientes ejemplos de la integración del comercio
agrícola tradicional en Latinoamérica incluyen las importaciones
a Estados Unidos desde México de vegetales de invierno, fruta
chilena ea Europa, empaques de carne de América Central para las
cadenas de hamburguesas en Estados Unidos, y oleaginosas y granos
para el ganado europeo traídas desde Argentina, Brasil y Paraguay.
- Las operaciones del comercio agrícola,
y en especial las transnacionales, requieren ser entendidas en
términos de los efectos indirectos que producen, al igual que
las actividades inmediatas que resultan de ellas. Las corporaciones
transnacionales toman decisiones que trascienden la propiedad
legal y cuyo impacto se extiende a tópicos tales como la tenencia
de la tierra, la nutrición y el medio ambiente. El hecho de no
ser propietario legal de la tierra no es necesariamente una barrera
significativa para obtener capital del comercio agrícola. Por
ejemplo, una enorme compañía multinacional como Nestlé, opera
en varios países de Latinoamérica, pero en ninguno de ellos posee
tierras. Las implicaciones a nivel transnacional del sistema de
alimentos que se ha generado sobre la nutrición y el ambiente
son sin duda trascendentales.
- Los intereses del comercio agrícola
modifican las condiciones de acumulación de capital a través del
proceso y la cadena de alimentos. Por ejemplo, el almacenamiento,
el depósito, el marketing, y el procesamiento de la producción
agrícola, son todos realizados a una escala mayor por intereses
establecidos del comercio agrícola. Estos tienen una creciente
importancia para determinar el éxito o el fracaso económico del
productor agrícola en varios aspectos. Lo que sea aplicable a
los "lazos posteriores" de este tipo, también lo es para los "lazos
anteriores". Efectivamente, los suministros agrícolas establecen
las condiciones para ampliar el número de empresas agrícolas.
- Las operaciones del comercio agrícola
requieren un mayor nivel de integración entre las diferentes facetas
del sistema de producción, una reintegración entre la agricultura
y la industria. Esto se realiza a través de suministros industriales
subsidiados, la compra por contrato y la venta a mercados garantizados.
Por ejemplo, la adquisición global o las políticas para establecer
los principios del comercio agrícola transnacional, frecuentemente
especifican los métodos de cultivo que se van a utilizar, las
normas de control de calidad y otros criterios de marketing. El
resultado es acelerar la estandarización de los procesos de producción.
La integración entre sectores de este tipo sólo puede realizarse
en forma exitosa con el apoyo tácito y el estímulo del Estado.
También se debe enfatizar que la amplia participación nacional
del Estado en el modelo político y tecnológico a partir del cual
se ha desarrollado el comercio agrícola, no considera el modelo
alternativo de redistribución de tierras que se señaló anteriormente.
Probablemente, no tiene sentido determinar que el gobierno de
Latinoamérica puede actuar en forma independiente para "nacionalizar"
los factores de las operaciones del comercio agrícola, ya que
pocas de estas operaciones tienen sentido fuera del marco internacional
proporcionado por las mimas transnacionales.
- Los intereses del comercio agrícola
concentran su señal y están principalmente preocupados de las
partes más rentables del sistema de alimentos. Aquéllas en que
el valor agregado es más alto y en las cuales la conversión de
energía o proteínas es normalmente un factor importante. Como
anteriormente se sugirió, para poder profundizar en el análisis
y captar las dinámicas de cambio en los sectores alimentarios
en Latinoamérica, se deben observar otros continentes y ver como
se desarrolla el sistema moderno de alimentación a nivel global.
TIERRA, HAMBRE, PODER Y LA SUSTENTABILIDAD
AGRICOLA
El
problema del poder en Latinoamérica se podría considerar como un
factor central de la crisis del desarrollo y del ambiente. A estas
alturas, no es necesario explayarse sobre los obstáculos políticos
para lograr un camino de desarrollo más parejo y democrático para
Latinoamérica. Sin embargo, es importante señalar en cualquier tipo
de debate agrícola y sobre recursos naturales, que los procesos
políticos constituyen el motivo por el cual no existe sustentabilidad
en Latinoamérica. Cada vez es más evidente que el desarrollo de
Latinoamérica es altamente desigual, lo que implica que no es sustentable,
ya que se basa en la falta de preocupación por la futura disponibilidad
de recursos naturales; por otro lado, no satisface las necesidades
humanas básicas y expone a los miembros más vulnerables de la población
a un creciente riesgo de indefensión en lugar de darles seguridad.
Según estos criterios y sin entrar a discutir sobre la implicancia
semántica exacta de "desarrollo sustentable", el desarrollo de Latinoamérica
no aprueba el test de la sutentabilidad (Brundtland, 1987; Redclift,
1987; Pearce y col., 1989).
También es importante valorar el efecto del
desarrollo no sustentable de la región en la conciencia de organizaciones
populares y en las aspiraciones de las masas rurales y urbanas.
Visto desde esta perspectiva, los últimos 25 años pueden marcar
una división, un cambio decisivo en la historia de América Latina,
tan impresionante como los procesos de reestructuración que no han
ofrecido mucho, sino sólo frustración material a la mayoría de la
población. A comienzos de la década de los 60, no existía mucho
desacuerdo acerca del significado de "desarrollo" y la mayoría de
los debates acerca del desarrollo agrario estaban enfocados aposiciones
históricas (Marxismo y Neoclasicismo) de las cuales ambas enfatizaron
altos promedios de crecimiento económico y una industrialización
continua y rápida. Si examinamos por ejemplo, el análisis de los
movimientos campesinos en la década de los 60 y a comienzos de la
del 70, es evidente que jamás se dudó con respecto a la trayectoria
del desarrollo, que consistía en que la modernización del ambiente
rural sería sobrepasada por la difusión del capitalismo agrario.
Desde otro punto de vista, un cuarto de siglo
más tarde, los medios para lograr esta transición pueden ser seriamente
cuestionados y lo que es aún más crítico, el objetivo de la modernización
agrícola es en sí cuestionable. Hace 25 años, la inmigración urbana,
fue transformando no sólo las áreas urbanas de Latinoamérica, sino
también las rurales.
Al parecer, estaba desapareciendo el sistema
de los terratenientes, ya que existía una oposición concertada de
parte de los "campesinos", muchos de ellos con la aspiración de
ser "agricultores", siendo algunos de ellos los primeros en querer
una sociedad más radical. El Gobierno comenzó a cobrar mayor importancia
para millones de personas del sector rural que anteriormente se
relacionaban a nivel social a través de los propietarios de la tierra,
la Iglesia y los compadres, que eran los padrinos. Los movimientos
de campesinos eran considerados, inconscientemente, un medio para
las transformaciones. Al desafiar el orden social establecido, podría
ser que provocaran los cambios sociales revolucionarios que conducirían
a su propia disolución. Sin embargo, alrededor de la década de los
60, la "visión utópica" de muchos movimientos de campesinos, era
considerada como la evidencia de su incapacidad para deshacerse
delos vestigios del pasado. En la forma como estaban constituidos,
parecían tener sólo un rol marginal en las crecientes luchas políticas
entre las viejas clases sociales de Latinoamérica.
A fines de la década de los 80, es más difícil
explicar la "visión utópica" de los movimientos campesinos y en
algunos aspectos la demanda de más autonomía cultural, la independencia
del sistema político del Gobierno y la adhesión de valores políticos,
y culturales opuestos al modernismo, parecen ofrecer una visión
del futuro, al igual que un recuerdo colectivo del pasado. En las
áreas rurales, al igual que en las urbanas, las estrategias de la
gente pobre necesariamente deben enfrentar la sustentabilidad del
proceso de desarrollo. La idea de que exista relación entre el hecho
de compartir y conservar los recursos y la utilización de ellos,
fue difícil de aceptar para muchos de los intelectuales de Latinoamérica.
Es claro que la crisis de los sistemas alimentarios en Latinoamérica
son una parte importante del enorme problema de la sustentabilidad.
Se han enfocado tres de las interrogantes más importantes dentro
de la política agrícola y de alimentación de Latinoamérica: la tierra,
el hambre y el poder. Se ha discutido que para enfrentar el problema
del hambre es necesario hacer cambios radicales no sólo en la distribución
de la tierra, sino también en la forma como se utilizan los recursos
naturales. Para que los cambios en el uso de recursos sean efectivos,
inevitablemente hay que revisar los planteamientos políticos y establecer
un camino alternativo hacia el desarrollo sustentable quizás imitando
la experiencia de Norte América y Europa.
Nota: La bibliografía citada
en este artículo, puede ser consultada en el libro donde este trabajo
está publicado: Environmet and Development in Latin America: The
Politics of Sustainability. Manchester University Press, Manchester
1991.
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