Al margen de la dinámica imprimida al proceso por las fuerzas
económicas, el actual modelo de agricultura ha sido y es producto
de un conjunto de desarrollos teóricos en el campo de la economía
que ha otorgado al sector agrario un papel relevante en el crecimiento
económico. Confiados en el poder transformador del avance tecnológico,
han roto con la visión pesimista de los límites impuestos a la agricultura
por la ley de los rendimientos decrecientes. Este "optimismo tecnológico"
resituó, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, el papel de
la agricultura en el crecimiento económico. Las interpretaciones sobre
la Revolución Industrial, que culminaron con la entronización y universalización
de la experiencia británica, contribuyeron a considerar la "Revolución
Agrícola" como un paso previo o necesario para la industrialización.
La afirmación contenida en un famosos artículo de Lewis (1954) se
convirtió en axiona: "No es rentable producir un volumen creciente
de manufacturas, a menos que la producción agrícola crezca simultáneamente.
Esto se debe a que las revoluciones agraria e industrial van siempre
parejas y a que las economías en las que la agricultura se halla estancada
no presentan desarrollo industrial".
De esta manera se llegó a formalizar en seis
las funciones esenciales que la producción agraria debía cumplir
para cooperar eficazmente al crecimiento económico; o mejor dicho,
al crecimiento industrial que constituía su máximo exponente y su
sector más dinámico: Suministro creciente de alimentos, transferencia
de mano de obra para la industria, recursos para el desarrollo industrial,
creación de mercados, ingresos por exportaciones y cooperación internacional.
Este modelo, difundido por economistas como Kuznets, Mellor, Lewis,
Shultz o Metcalf, nunca fue cuestionado en su esencia por la escuela
marxista, dando lugar a lo que en otro lugar hemos denominado "Marxismo
Agrario" (Sevilla Guzmán y González de Molina, 1990). En ambas interpretaciones
la agricultura constituía una fuente permanente de acumulación de
capital para la industria, a la que quedaba subordinada. Para llevar
a cabo su misión era imprescindible un crecimiento, cuanto más rápido
mejor, de la productividad. La superación de los condicionamientos
físicos e institucionales de la tierra fue entendido en términos
de "Industrialización" de la agricultura, habida cuenta la superioridad
de la industria en el manejo eficiente y racional de los recursos.
De acuerdo con este supuesto se impulsó la
transformación de la agricultura tradicional en un sector económico
"moderno", apoyándose en dos concepciones básicas: que los procesos
productivos agrarios podían ser manipulados mediante la aplicación
de conocimientos físico-químicos y que la sustitución progresiva
de trabajo por capital -a semejanza de los procesos industriales-
constituía la manera más adecuada de incrementar la productividad
del trabajo; la intensificación productiva, el aumento de insumos
externos, el aumento de la escala de la explotación, la especialización
y la mecanización lo harían posible. En otras palabras, el crecimiento
agrario fue considerado como una función del desarrollo tecnológico:
"La función de producción es una relación tecnológica entre input
y output" (Metcalf, 1974).
No es de extrañar que la mayoría de los historiadores
se hayan dedicado a estudiar el sector agrario como un proceso,
exitoso o fallido, de industrialización. Los indicadores principales
no podían ser sino el volumen de la producción y su relación con
el nivel de sustitución de mano de obra por capital; tamaño de la
población activa agraria; rendimiento medio de los cultivos; número
de tractores y máquinas; cantidad de abonos artificiales y demás
agroquímicos empleados por hectárea; nivel de especialización comercial
de la producción; el monocultivo para el mercado y la disminución
de los barbechos; etc.
Todo ello completado con una visión concreta
e intencionada del cambio institucional favorable al crecimiento:
relación causal entre la posibilidad de innovación tecnológica y
el interés individual: del dominio e éste con la desaparición de
las instituciones de aprovechamiento colectivo, es decir, con la
entronización de la propiedad privada y la consideración positiva
de todo cambio sociopolítico -como por ejemplo las revoluciones
liberales-, que consagrara sin restricciones la libertad de los
agentes económicos: restricciones al mercado de la tierra y demás
factores de producción, tamaño inadecuado de las explotaciones-
especialmente de las explotaciones campesinas, consideradas por
naturaleza opuestas al crecimiento (Sevilla Guzmán y González de
Molina, 1990), nivel educativo y de extensionismo agrario, etc.
Sin embargo, ninguno de estos planteamientos
recoge ni analiza la cara oculta de un crecimiento agrario que a
medida que pasa el tiempo se vuelve más evidente. El hambre no ha
desaparecido, sólo ha cambiado de lugar; el rápido crecimiento de
la productividad no ha logrado contrarrestar completamente la ley
de los rendimientos decrecientes. El avance tecnológico ha reducido
enormemente la demanda de mano de obra del sector industrial, con
lo que el excedente poblacional en el campo está constituyendo un
problema financiero y social, también medioambiental al presionar
sobre las tierras marginales y otros ecosistemas más frágiles. La
agricultura ha cumplido, en efecto, su papel de fuente permanente
de acumulación de capital, pero con efectos no deseados para el
sector: las rentas agrarias netas han bajado en comparación con
la industria o los servicios; el mercado de insumos ha favorecido
un subsector industrial pujante, pero a costa de incrementar los
costos de producción; la dotación de servicios e infraestrucutra
en el campo sigue siendo deficitaria con respecto a las ciudades,
haciendo vana la pretensión de eliminar la oposición campo-ciudad;
y la producción agraria ha servido para, con una participación cada
vez menor en el producto final agrario, expandir una nueva rama
agroindustrial. Finalmente, la ayuda a los países en desarrollo
ha paliado momentáneamente el hambre, pero ha terminado por romper
su autosuficiencia alimentaria, obligándoles a incrementar la presión
sobre los recursos naturales y medioambientales.
Un cambio teórico y metodológico imprescindible:
la agroecología
Como ha puesto de manifiesto Georgescu-Roegen
(1971), la función de producción elaborada por los economistas clásicos
se parecía a una lista de ingredientes que componían un determinado
producto sin tener en cuenta el tiempo de cocción. Es decir, en
esta visión mecánica de la función de producción estaba ausente
la dimensión "tiempo". De ahí que no se contemplase el carácter
de stock de muchos de los recursos utilizados ni la generación,
junto con el producto final, de residuos u otras externalidades.
Como dice Naredo (1987): "La noción de producción establecida por
los economistas clásicos y neoclásicos, se asienta sobre un enfoque
mecanicista de los procesos físicos en el que buscó originariamente
su coherencia. Enfoque que toma en consideración la primera ley
de la termodinámica, que vino a completar el principio de conservación
y conversión de la materia con aquel de la energía, pero no la segunda,
que llama la atención sobre su inevitable degradación cualitativa
sin la cual podría evitarse el problema de la escasez objetiva de
los recursos".
La consideración consecuentemente entrópica
de la función de producción, como de toda actividad transformadora
de la energía y de la materia, debe, pues, modificar sus términos
para dar cabida no sólo a los objetos producidos, sino también los
desechos y los daños ambientales que pueden ir unidos a ellos; no
sólo las materias primas que intervienen y la cantidad de energía
invertida sino también el carácter renovable o no de las mismas
y sus existencias para hacer posible la reproducción sucesiva de
dicha función productiva.
En concordancia con el carácter estático de
la función de producción clásica, el mercado resulta incapaz de
internalizar los costos derivados del agotamiento de los recursos,
del tratamiento de los residuos y de los daños ambientales generados
por la actividad económica. Al no asignar valor algunos a los recursos
naturales ni a las deseconomías producidas, y otorgándoselo sólo
al trabajo humano, resulta lógico que la adición de aquéllos en
forma de capital y materias primas sea considerada prácticamente
como ilimitada y, por tanto, como encarnación del desarrollo económico.
La implementación tecnológica de dicha función
clásica fue posible gracias a un desarrollo particular de la Agronomía,
basada como toda la ciencia del momento en el enfoque analítico-parcelario
de raíz cartesiana. A la ruptura de la visión globalizadora y organicista
de la naturaleza como ente vivo, sucedió la consideración de la
tierra como una máquina y, lógicamente, la separación artificial
del proceso agrícola de sus conexiones con los ecosistemas. Al hombre
se le otorgó la posibilidad de manipular la tierra de acuerdo con
los desarrollos físicos y sobre todo químicos, logrados en laboratorios
y trasladados después al campo. Agrónomos como Boussingault o Liebig
(Martínez Alier, 1989) fueron los precursores de la agricultura
química moderna. "La agrobiología permitía manipular convenientemente
las características de las plantas y los animales; la química, corregir
los suelos y alimentar a las plantas en el sentido deseado; las
máquinas, evitar las labores más penosas. Sólo hacía falta obtener
las razas y variedades más productivas y aportarles el medio y la
alimentación que requerirían, extremos éstos observables mediante
experimentación específica y fragmentaria" (Naredo, 1990).
Tanto el desarrollo de la ciencia como la propia
realidad han demostrado cuán equivocada resulta esta visión del
conocimiento científico, reivindicando un enfoque ecosistémico cuyo
desarrollo está dando lugar a un verdadero "cambio de paradigma".
La aplicación de ese cambio a la Agronomía y a la Economía como
saberes prácticos resulta una tarea imprescindible para que la producción
de alimentos y materias primas -misión esencial de la agricultura-
sea sostenible. Es decir, para que dicho proceso, en armonía con
la naturaleza, sea perdurable. Según la Comisión Brundtland (CMMAD,
1988), todo desarrollo es sostenible si satisface las necesidades
de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las
generaciones futuras para satisfacer las suyas. Ello implica la
idea de las limitaciones que imponen los recursos del medio ambiente,
el estado actual de la tecnología y de la organización social y
la capacidad de la biósfera de absorber los efectos de la actividad
humana. Precisamente este cambio de paradigma se está produciendo
en el campo de las ciencias agrarias de manos de la llamada Agroecología.
Este término, que nació en los años setenta
para analizar fenómenos ecológicos como la relación entre malezas
y las plagas y las plantas cultivadas, se ha ido ampliando progresivamente
para aludir a una concepción particular de la actividad agraria
más ligada al medio ambiente, más sostenible socialmente y, por
lo tanto, más preocupada por el problema de la sostenibilidad ecológica
de la producción. Constituye más un enfoque que afecta y agrupa
a varios campos de conocimiento que una disciplina específica. Reflexiones
teóricas y avances científicos desde disciplinas diferentes han
contribuido a conformar el actual pensamiento agroecológico. Aunque
ya Klages, desde la Agronomía, planteó en 1928 la necesidad de tomar
en cuenta los factores físicos y agronómicos que influían en la
adaptación de determinadas especies de cultivos (Hecht, 1991), hasta
los años setenta no se planteó una relación estrecha entre Agronomía
y Ecología de cultivos (Dalton, 1975; Netting, 1974; Van Dyne, 1969;
Sppeding, 1975; Cox y Atkins, 1979; Richars, 1984; Vandermeer, 1981;
Edens y Koening, 1981; Altieri y Letourneau, 1982; Gliessman y otros,
1981; Conway, 1985; Hart, 1979; Lowrance y otros, 1984; Bayliss-Smith,
1982). A finales de esa década esta literatura empezó a incluir
en sus análisis variables sociales (Buttel, 1980; Altieri y Anderson,
1986; Richards, 1986; Kurin, 1983; Barlett, 1984; Hecht, 1985; Blaikie,
1984).
Paralelamente, el movimiento ambientalista
influyó en la agroecología, dotándola de una perspectiva crítica
hacia la agronomía convencional. Surgieron así llamadas de atención
sobre el efecto secundario de los insecticidas en el medio ambiente
(Carson, 1964) o sobre el carácter ineficiente de la agricultura
desde el punto de vista del uso de energía (Pimentel y Pimentel,
1979); o sobre los efectos no deseados de este modelo de agricultura
para los países subdesarrollados (Crouch y De Janvry, 1980; Grahan,
1984; Dewey, 1981), poniendo de manifiesto los impactos negativos
sobre los ecosistemas del Tercer Mundo causados por los proyectos
de desarrollo y transferencia de tecnologías propias de las zonas
templadas.
El contexto teórico y metodológico de la agroecología
surgió, sin embargo, del propio desarrollo de la teoría ecológica,
que le prestó su marco conceptual. De gran importancia han sido
también las investigaciones en el terreno de la geografía y de la
antropología, dedicados a explicar la lógica particular de las prácticas
agrícolas de las cultura tradicionales. El estudio de los medios
de subsistencia y su relación con el aprovechamiento del suelo,
así como del impacto sobre éste de los cambios sociales y económicos,
han servido para reforzar la creencia en una interrelación íntima
entre sistemas sociales y ecosistemas agrícolas (Richards, 1939;
Conlin, 1956; Richards, 1984; Bremen y de Wit, 1983; Watts, 1983;
Denevan y otros, 1984; Brokenshaw y otros, 1979).
Finalmente, la génesis del pensamiento agroecológico
ha tenido bastante que ver con el estudio del desarrollo rural en
el Tercer Mundo. La crítica efectuada a la "Revolución Verde" permitió
esclarecer muchos de los efectos del pensamiento económico y agrario
convencionales desde perspectivas ecológicas, tecnológicas y sociales
al mismo tiempo. Este tipo de enfoque totalizador ha mostrado el
camino en cuanto a la clase de estudios que suele abordar la Agroecología
(Scott, 1978 y 1986; Rhoades y Booth, 1982; Chambers, 1983; Gow
y Van Sant, 1983; Midgley, 1986).
La agroecología parte de un supuesto epistemológico
que supone una ruptura con los paradigmas convencionales de la ciencia
oficial: frente al enfoque parcelario y atomista que busca la causalidad
lineal de los procesos físicos, la agroecología se basa en un enfoque
holístico y sistémico, que busca la multicausalidad dinámica y la
interrelación dependiente de los mismos. Concibe el medio ambiente
como un sistema abierto, compuesto de diversos subsistemas interdependientes
que configuran una realidad dinámica de complejas relaciones naturales,
ecológicas, sociales, económicas y culturales (Jimenez Herrero,
1989). Un sistema abierto (Luhman, 1990), más allá por tanto de
las teorías sistémicas funcionalistas, donde el conflicto ocupa
un lugar dinamizador en la evolución de las sociedades y de su medio
ambiente. Frente al discurso científico convencional aplicado a
la agricultura, que ha propiciado el aislamiento de la explotación
de los demás factores circundantes, la agroecología reivindica la
necesaria unidad entre las distintas ciencias naturales entre sí
y con las ciencias sociales para comprender la interconexión entre
procesos ecológicos, económicos y sociales; reivindica, en fin,
la vinculación esencial que existen entre el suelo, la planta, el
animal y el hombre (Greenpeace, 1991).
El objetivo de la agroecología es el estudio
de los sistemas agrarios para el logro de una actividad productiva
sostenible. Parte de la base de que la explotación agraria es en
realidad un ecosistema particular, un agroecosistema, donde tienen
lugar procesos ecológicos propios también de otras formaciones vegetales,
como los ciclos de nutrientes, interacción entre predador y presa,
competencia, comensalismo, etc. Sin embargo, y a diferencia de otros,
la agricultura constituye un ecosistema artificial. En efecto, existen
dos formas principales de aprovechamiento agrario de los ecosistemas:
la primera, cuando los recursos naturales son obtenidos sin provocar
cambios sustanciales en los ecosistemas naturales; ejemplos pueden
encontrarse en las actividades de caza, pesca o recolección. La
segunda se refiere a cuando los ecosistemas naturales son parcial
o totalmente reemplazados por un conjunto de especies vegetales
o animales en proceso de domesticación, que, a diferencia de la
forma anterior, carecen de capacidad de autorreproducirse y necesitan
el aporte de energía externa, ya sea humana, animal o fósil (Toledo,
1990). Son por lo tanto ecosistemas inestables, manipulados artificialmente
o agrecosistemas: la agricultura, silvicultura, praderas artificiales,
acuicultura, etc.
En tanto que creaciones humanas, los agroecosistemas
suponen una alteración del equilibrio y de la elasticidad original
de aquéllos a través de una combinación de factores ecológicos y
socioeconómicos (Gliessman, 1985; Altieri, 1987). Odum (1984) han
sintetizado en cuatro sus características principales: requieren
fuentes auxiliares de energía para incrementar la productividad
de los organismos específicos; son ecosistemas de diversidad normalmente
reducida; dichos organismos, ya sean plantas o animales, no son
producto de una selección natural sino artificial; y los controles
del sistema son en su mayoría externos. Ahora bien, la producción
agraria no es sólo resultado de las presiones ambientales sino también
de las relaciones sociales que determinan el grado y el carácter
de la manipulación o artificialización de los ecosistemas naturales.
Como dice Hecht (1991) los agroecosistemas tienen varios grados
de resilencia y de estabilidad, dado que éstos no están estrictamente
determinados por factores de origen biótico o ambiental. Factores
sociales, tales como las oscilaciones en los precios, los cambios
en los regímenes de tenencia de la tierra, el tamaño de la familia,
las obligaciones de parentesco, etc. pueden afectar a los sistemas
agrícolas tan decisivamente como una sequía, plagas o disminución
de los nutrientes del suelo (Ellen, 1982).
Desde esta perspectiva, la producción agraria
es el resultado de las presiones socioeconómicas que realiza la
sociedad sobre los ecosistemas, produciéndose una coevolución, en
el sentido de evolución integrada, entre cultura y medio ambiente
(Norgaard, 1981). Y este principio resulta fundamental puesto que
permite integrar en un enfoque multidisciplinar las prácticas sociales
desde la perspectiva de su impacto ambiental. Cuando el modelo de
agricultura convencional intensiva está en crisis, la reorientación
en este sentido del análisis del pasado agrícola de nuestras sociedades
resulta fundamental.
Los
fundamentos eco-sociales de la producción agraria
Si consideramos que toda práctica agraria es
producto de la interacción entre el hombre y la tierra, la explotación,
como unidad de análisis, debe considerarse no como una unidad de
gestión económica y manipulación físico-química sino como un ecosistema.
La explotación agraria debe describirse como una "unidad medioambiental
que integra los procesos geológicos, físico-químicos y biológicos
a través de flujos y ciclos de materia y energía que se establecen
entre organismos vivos y entre ellos y su aporte ambiental" (Toledo,
1984). No vamos a analizar aquí todas las implicaciones de este
cambio fundamental de enfoque, sólo destacar un rasgo esencial:
la necesaria distinción entre el carácter unidireccional del flujo
de energía y el carácter cíclico del flujo de nutrientes en todo
ecosistema agrario. Ello implica reconocer que su funcionamiento
es posible no sólo gracias a la continua alimentación de energía
solar sino también al uso de recursos no renovables cuyas existencias
son limitadas. Sustancias como el fósforo, el azufre, los combustibles
fósiles, etc., son una buena muestra de ello.
De acuerdo con este punto de partida, definiríamos
los procesos de trabajo agrícola como la manipulación de un ecosistema
natural para la producción de bienes con una valor de uso históricamente
dado, mediante el consumo de una cantidad determinada de energía
y materiales y el empleo de un saber e instrumentos de producción
adecuados. Todo proceso productivo agrario trae consigo, pues, la
apropiación de un ecosistema, artificializando su estructura y su
funcionamiento. Para hacerlo posible, los individuos establecen
relaciones sociales y generan una "cultura material" específica
que asegura su repetición.
Ahora bien, no todos los procesos de trabajo
son históricamente similares. Unos se diferencian de otros en el
carácter que en su seno imprime la división técnica del trabajo
sobre la ordenación de las operaciones y en las características
de los instrumentos de trabajo y de los saberes empleados. Es decir,
la diferencia se encuentra en las distintas relaciones técnicas
de producción: "Lo que distingue -afirmaba Marx- a las épocas económicas
unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace, con qué
instrumentos de trabajo se hace" (Marx, 1968). Ello implica poner
el acento sobre las modalidades de control o dominio que los individuos
ejercen sobre los agroecosistemasen cada proceso de trabajo históricamente
determinado.
Cuanto más intensa sea la presión sobre los
ecosistemas mayor será la necesidad de subsidios energéticos y materiales
para asegurar su mantenimiento y viceversa. Y ello resulta fundamental
por cuanto en toda actividad productiva se consumen, de acuerdo
con la segunda ley de la Termodinámica, recursos energéticos y también
materiales de existencia limitada. Dicho en otros términos, en cada
proceso de trabajo los individuos establecen una relación específica
con el medio -relación que es de apropiación de la naturaleza- más
o menos entrópica que puede ser valorada en términos de eficiencia
ecológica. De acuerdo con Toledo (1989) este concepto, que trata
de reunir los indicadores de "eficiencia energética" (Pimentel y
Pimentel, 1979): "Eficiencia técnico-ambiental" (Rappaport, 1971)
y "eficiencia biológica" (Spedding, 1975), intenta medir la capacidad
de un agroecosistema para producir la máxima cantidad de producto
por unidad del suelo y trabajo humano con el menor costo energético
y de materiales y con la mayor capacidad de perdurar en el tiempo.
Pero no es el desarrollo tecnológico, concebido
como algo autónomo y con dinámica propia (Braverman, 1974), el que
condiciona directamente el grado de eficiencia ecológica como argumentan
ciertos ecologistas. En buena medida dependiente del carácter de
las relaciones de producción, que generan una dialéctica propia
con las fuerzas productivas. Cada proceso de trabajo es organizado
y disciplinado de acuerdo con las modalidades que se realiza la
apropiación del trabajo excedente creado en el mismo. Son las relaciones
sociales de producción las que orientan la percepción de dicho excedente
mediante el establecimiento de pautas específicas de apropiación
de los medios de producción y de los recursos naturales. Ello permite
identificar varios procesos de trabajo bajo una misma "forma social
de explotación". Cada agreocosistema es producto, pues, de una determinada
forma de explotación en la medida en que combina de manera específica
el trabajo humano, los saberes, los recursos naturales y los medios
de producción con el fin de producir (transformando, pero también
consumiendo recursos), distribuir y reproducir los bienes necesarios
en cada momento histórico para la vida (González de Molina y Sevilla
Guzmán, 1992).
Los agentes sociales deben sustraer, finalmente,
del consumo recursos humanos y naturales para posibilitar la repetición
de los procesos de trabajo, de las relaciones que en ellos se generan
y que los hacen posibles. Dado que toda actividad productiva afecta
tanto a una generación concreta como a las futuras, interesa conocer
la lógica económica, las normas éticas y culturales propias de cada
forma de explotación que, al influir en las prácticas de los agentes
en relación al medio, determinan el mayor o menor grado de sostenibilidad
de la producción. Dicho en otros términos, cada forma social de
explotación, entendida en su doble visión de explotación del hombre
y de la naturaleza, marca los límites históricamente precisos a
la eficiencia ecológica de los agroecosistemas.
Hacia una historia agroecológica
De acuerdo con lo dicho hasta aquí resulta
necesario un replantamiento de los supuestos teóricos y metodológicos
con los que hemos abordado la historia agraria. Las concepciones
clásicas o neoclásicas sobre la función de producción y sobre el
mercado, deben ser cuestionadas y adaptadas al nuevo paradigma ecológico.
Ello nos llevará ineludiblemente al derrumbe de aquellas teorías
que identificaban el desarrollo del Capitalismo o del llamado "Socialismo
Real" con el crecimiento agrario y la "Modernización" (Garrabou,
1990); que identificaban ésta con la destrucción de los sistemas
agrarios tradicionales. No se trata de hacer una historia del medio
ambiente en relación a la agricultura, sino de ecologizar la historia
agraria; de integrar las variables sociales, económicas y medioambientales
en el estudio de las formas históricas en que el hombre ha trabajado
la tierra para alimentarse.
Hemos solido preguntar a las fuentes si los
sistemas agrícolas del pasado fueron capaces de aumentar la productividad
agraria; si garantizaron regularmente la provisión de alimentos
tanto para consumo como para exportar; si aseguraron precios razonables
a los consumidores y el nivel de vida suficiente para la población
agraria; y hemos construido indicadores adecuados para medir todo
esto. Se ha visto como positivo, en este contexto, la implantanción
de la cultura industrial en el campo, juzgando de manera benéfica
la asunción campesina de la mentalidad del beneficio y la ruptura
del autoconsumo para la producción de mercado. Pero no se ha analizado
si estos sistemas agrícolas eran sistemas equilibrados desde el
punto de vista de los requerimientos de la naturaleza, del medio
ambiente y el paisaje, de las condiciones de trabajo, del uso de
energía, de la salud de los humanos, de los animales y de las plantas.
Con ello no queremos pasar de una historia
que ha alabado y ensalzado el progreso a otra que lo rechaza completamente.
El discurso agroecológico no es científico ni está, a priori,
en contra del desarrollo económico ni del crecimiento agrario; no
es un discurso que pretende establecer una nueva utopía, de carácter
bucólico, no dotarse de una moral prehistórica o antihistórica.
La satisfacción de las necesidades humanas de alimentos y materias
primas y los logros en este campo siguen siendo el objetivo central
de la Historia Agroecológica, pero igualmente central es el carácter
sostenible o no, desde un punto de vista económico, social y ecológico,
de las formas de producir que los han posibilitado.
Junto a los indicadores tradicionales como
nivel de producción, rendimiento, productividad, relación costo/beneficio,
etc. deben también considerarse otros indicadores económicos; contabilidad
de la degradación ambiental y contabilidad energética. El análisis
de la viabilidad y el impacto de cada agroecosistema y de la tecnología
a él aplicaba debe utilizar, también, otros indicadores ambientales,
sociales y culturales. Ambientales tales como: degradación de suelos
(erosión en toneladas por hectárea y año); nivel de deforestación
(hectáreas por año); porcentaje de materia orgánica por unidad de
suelo; eficiencia energética en términos de razón entre el insumo
de energía y el rendimiento energético de los productos; nivel de
constancia en el tiempo del rendimiento; grados de contaminación
del suelo y de las aguas; porcentaje de dependencia en insumos externos
de cada agroecosistema; etc. Indicadores de impacto social tales
como porcentaje de autosuficiencia alimentaria de cada comunidad;
su nivel de autonomía en el manejo de los recursos locales; nivel
de solidaridad y trabajo comunal; distribución de los beneficios;
nivel nutricional y de salud de los grupos domésticos, etc. E indicadores
culturales como los de sofisticación del conocimiento agrícola;
capacidad de innovación y experimentación; nivel de conciencia en
la conservación de los recursos naturales; etc.
Este nuevo enfoque que debemos dar a la historia
agraria nos lleva inevitablemente a un replanteamiento crítico de
la historia contemporánea del sector agrario y de las teorías que
han intentado explicar las modalidades de penetración del capitalismo
en la agricultura. El desarrollo del Capitalismo trajo consigo cambios
de tal envergadura que provocaron, tras la "Revolución Neolítica",
la segunda "Gran Transformación" de los agroecosistemas (Worster,
1990). La generalización del mercado como asignador de recursos
provocó la conversión de éstos -y de la tierra- en mercancías (Cronon,
1983), y cambió los motivos de la acción de una parte de los miembros
de las comunidades rurales cada vez más importante; la lógica de
la subsistencia fue sustituida por la lógica del beneficio (Polanyi,
1989). En muchas partes del planeta los agroecosistemas fueron sistemáticamente
reorganizados para intensificar la producción de alimentos y con
ella la acumulación individual de la riqueza.
Tres grandes hitos jalaron este proceso: las
"reformas agrarias liberales"; la integración internacional del
mercado de productos agrarios debido a la crisis finisecular; y
la intensificación agrícola tras la segunda guerra mundial. Las
reformas agrarias liberales trajeron consigo tres cambios significativos
para los agroecosistemas; la mercantilización de la tierra y de
los demás recursos naturales, la ruptura del sistema tradicional
integrado de aprovechamiento agro-silvo-pastoril y la agricolización
del suelo. Medidas como las "Enclosure Acts", desamortizaciones,
etc., acabaron introduciendo en el mercado el factor de producción
primordial, la tierra, poniéndola en manos de gente que pretendían
cultivar la tierra para vender sus frutos y no para consumirlos;
gente que voluntaria o forzadamente redujeron los sistemas tradicionales
de ciclaje de nutrientes, reduciendo los barbechos para producir
cada vez más. Los agroecosistemas fueron forzados a producir no
los requerimientos del consumo familiar, históricamente adaptados
a sus características, sino los del mercado. Se aceleró, entonces,
el proceso de especialización productiva. Como quiera que los cereales
representaban, al menos en Europa los bienes de mayor consumo, el
llamado "sistema cereal" (Fontana, 1984) se expandió a costa de
otros usos del suelo. Las superficies cultivadas comenzaron a crecer
a costa de los bosques y de las dehesas de pasto natural, acelerando
el proceso de deforestación y desprotegiendo los suelos frente a
la erosión. El uso tradicional integrado entre ganadería, bosque
y agricultura, que había construido cadenas tróficas muy amplias
en paisajes muy heterogéneos, acabó compartimentándose en explotaciones
exclusivamente agrícolas, ganadera o, posteriormente, silvícolas.
Los bosques se convirtieron en productores de madera, la ganadería
en productora de carne y leche, y la agricultura en productora de
alimentos de consumo masivo; esta última primó por las salidas más
claras en el mercado sobre los demás subsectores, constituyendo
la base del crecimiento agrario hasta finales del siglo pasado.
Cuando el transporte creció comunicando amplias
áreas del planeta y los mercados se desarrollaron, los agricultores
concentraron sus energías en producir un número cada vez más reducido
de cultivos para vender y obtener mayores beneficios. La crisis
finisecular, con la especialización productiva que trabajo aparejada,
significó un impulso considerable hacia el monocultivo y la intensificación
de las labores agrícolas. La simplificación radical de los agroecosistemas
en un número limitado de especies fue el resultado, reduciendo la
heterogeneidad espacial y la diversidad biológica. Las superficies
agrícolas siguieron creciendo, diminuyeron los ciclos de rotación
a un número cada vez menor de plantas, y los barbechos prácticamente
desaparecieron. Esta intensificación, que convirtió a los agroecosistemas
en deficitarios de energía y recursos, fue posible gracias al avance
de la agricultura química, a la importación creciente de nutrientes
de los países subdesarrollados -recuérdese, por ejemplo, los casos
del guano y del nitrato de Chile- y al comienzo de las políticas
masivas de irrigación. Una parte mayor de trabajo humano, y sobre
todo animal, junto con la aplicación de herramientas especializadas
en cada faena agrícola, completó los requerimientos energéticos
que la artificialización creciente de los agroecosistemas demandaba.
Había entonces más variedad de alimentos que en el pasado, pero
ello resultado de la propia dinámica del mercado. De hecho el productor
individual manejada en su explotación menos complejidad biótica
que antes; sus tierras, ahora cercada y apropiadas privadamente,
se convirtieron, en términos ecológicos, en "ambientes depauperados"
(Worster, 1990).
El deseo de obtener el máximo beneficio, optimizando
las oportunidades de mercado, hizo del incremento de la productividad
el principal objetivo de la actividad y de la política agraria.
Los avances de postguerra en el terreno de la química agrícola y
de la mecánica posibilitaron la traslación del modelo de producción
industrial al campo, como manera más eficaz de contrarrestar los
efectos de la ley de los rendimientos de la producción y de los
beneficios. El monocultivo se convirtió en la práctica habitual,
para el que se comenzaron a seleccionar variedades de alto rendimiento.
Pero con la generalización de este sistema
crecieron también las deseconomías. Los cultivos se hicieron más
vulnerables a las plagas, al cultivarse grandes extensiones con
la misma variedad, los nutrientes tuvieron que emplearse en cantidades
crecientes para proporcionar a las plantas el alimento que antes
obtenían del barbecho o de la alternancia de cultivos; la mecanización
de cada vez más faenas procuró una mayor dependencia del petróleo.
Los residuos tóxicos en los alimentos, la contaminación en las aguas,
la salinización por sobreexplotación de energía fósil y materias
primas de los países subdesarrollados; la desaparición de especies
y variedades; etc. comenzaron a crecer a ritmos superiores a los
rendimientos.
Este breve esbozo de la historia agraria desde
una perspectiva ecológica debe ser completado con una redefinición
de las vías de penetración del capitalismo en la agricultura. Ante
todo dicha redefinición debe preguntarse sobre qué mecanismos hicieron
posible que el agricultor, productor directo jornalero o pequeño
campesino, cambiara sus sistemas tradicionales de laboreo más eficientes
desde el punto de vista ecológico. Indudablemente, el propietario
de una explotación con trabajo asalariado que busca valorizar su
capital invertido y obtener el máximo beneficio, trata de implementar
un tipo de producción que reduce la eficiencia ecológica de manera
significativa.
Sin embargo, esta teoría no basta para explicar
cómo los campesinos, titulares de explotaciones sin trabajo asalariado,
han sido partícipes de estos modelos de producción intensiva en
pesticidas, fertilizantes, etc., y han buscado, también, al menos
en los países desarrollados, maximizar si no el beneficio sí la
producción. Tampoco el marxismo clásico explica el por qué hasta
finales del siglo XIX algunas grandes explotaciones capitalistas
poseían, pese a su carácter, un manejo eficiente de los recursos,
sin apenas requerimientos externos de energía y materiales. La polémica
entre pequeña y gran explotación, que traspasó tanto al marxismo
como a las teorías liberales de la modernización, no aclara nada
en este terreno dado que, con el nivel de generalización alcanzado
en el uso de insumos, no puede afirmarse en rigor que las grandes
explotaciones contaminen proporcionalmente más que las pequeñas.
La clave reside en la reelaboración de la teoría
marxista de la explotación, salvando su núcleo teórico principal,
pero abandonando el trabajo asalariado como única forma de representación
de las relaciones de producción capitalistas. Si coincidimos en
que lo esencial de dichas relaciones es la percepción de un excedente
por mecanismos económicos; es decir, de mercado, éste tiene que
ser posible a través del intercambio no sólo de la fuerza de trabajo
físicamente considerada por dinero, sino también a través de un
determinado producto que la contenga. Si, al mismo tiempo, consideramos
que no sólo añade valor el trabajo humano sino también los recursos
naturales (González de Molina y Sevilla Guzmán, 1992), convendremos
en que la explotación capitalista afecta no sólo al hombre sino
también a la Naturaleza. Ahora bien, el rasgo distintivo del capitalismo
es el mecanismo de la reproducción o acumulación que tiende a ampliar
constantemente el capital como base de la maximización de los beneficios.
La progresiva sustitución del trabajo por capital ha sido también
la progresiva explotación de los recursos naturales.
Pues bien, la intensificación de la producción
agraria capitalista, que corre paralela a la reducción de la eficiencia
ecológica, puede explicarse en función de la creciente mercantilización
de los procesos de trabajo, tanto en las grandes como en las pequeñas
explotaciones agrarias. Con la creciente mercantilización del proceso
de producción y de reproducción, el campesino se ve privado en la
práctica del control de los medios de producción convirtiéndose
en un mero prestatario de fuerza de trabajo. La diferencia entre
el costo de los inputs y la venta de la cosecha determina la remuneración
de su fuerza de trabajo, independientemente de su valor real (Bernstein,
1981). Hemos de reconocer que el campesino, así subordinado al capital,
no resulta el típico asalariado; sino que representa una variante
en la que el plustrabajo es extraído a través del mercado; lo que
ocurre es que el capital ha externalizado parte de la reproducción
de la fuerza de trabajo, repercutiéndola sobre la propia economía
doméstica campesina. Pues bien, esta vía de penetración del capitalismo
implicaría primero la subordinación de la explotación campesina
al mercado para adquirir en él cada vez mayor parte de los inputs
tecnologías necesarias (Van der Ploeg, 1990).
Este proceso de mercantilización sufrió un
brusco salto adelante con las reformas agrarias liberales en Europa
y la presión del capital metropolitano en los países del tercer
mundo, que significó la entronización de la propiedad privada y
el predominio del uso agrícola o ganadero del suelo. El sistema
tradicional de campos abiertos y aprovechamiento comunal, basado
en el uso integrado agrosilvopastoril, fue destruido por las leyes
de cerramientos, por la apropiación privada de los bienes y derechos
tradicionales y por la consideración de la tierra como una mercancía
más. Los campesinos vieron limitadas sus fuentes tradicionales de
aprovisionamiento de energía endo y exosomática (combustible para
el hogar, alimento para los animales de tiro, caza y recolección,
etc.), y los usos comunales (rebusca, espigueo, pastoreo, derrota
de mieses, etc.) y el acceso a la tierra resultó cada vez más difícil.
Estas nuevas circunstancias llevaron al campesino
a redefinir sus estrategias reproductivas: asegurar el acceso a
la tierra y su transmisión intergeneracional, reorientar las tradicionales
prácticas "multiuso" (Toledo, 1990) de los agroecosistemas hacia
la consecución de los bienes y servicios imprescindibles, ahora
a través del mercado. Muchos de los productos necesarios para la
subsistencia serían en adelante mercancías sometidas a la fluctuaciones
de los precios; la manera en que podían adquirirse, esto es, mediante
el empleo de dinero, impulsaron al agricultor a especializar su
producción. De esta manera el libre juego del mercado orientó poco
a poco la producción agraria hacia lo más rentable y no hacia lo
más ecológicamente adecuado. Las explotaciones agrarias aumentaron
los flujos económicos con el mercado a la vez que reducían los flujos
con la naturaleza, incrementando los valores de cambios sobre los
de uso.
La dependencia del mercado se reforzó a través
de la venta de una cosecha especializada que posibilitara la obtención
de los bienes imprescindibles para la subsistencia. La integración
progresiva de los mercados agrarios internacionales y el diferencial
de valor añadido entre producción agraria e industrial presionaron
y, de hecho siguen haciéndolo hoy, a la baja en la remuneración
monetaria de las cosechas. Los empresarios agrarios solucionaron
esta pérdida de rentabilidad intensificando la producción y el consumo
de inputs externo y, consiguientemente, reduciendo la eficiencia
ecológica. Los campesinos, que sin tener como objetivo la valorización
de un capital, pretendían maximizar el ingreso posible con el que
subvenir sus necesidades reproductivas, entraron también en la lógica
de la producción intensiva en capital y el alto impacto ecológico.
Cuando esto no fue posible, los campesino empujados por el hambre
o el desempleo roturaron laderas de montes e incluso extensiones
significativas de bosque, acentuando la desprotección de los suelos
(de Janvry y García, 1988).
Hemos de reconocer que junto a la tradicional
forma de explotación asalariada del trabajo agrícola, convive aquella
forma basada en la explotación del trabajo campesino. Tres son los
mecanismos que la explican: el intercambio de productos entre el
sector industrial y6 el pequeño agricultor, desfavorable para este
último, y las estrategias de subconsumo y autoexplotación que éste
implementa para mantenerse en el mercado. Debe comprar cantidades
crecientes -para hacer frente a los rendimientos decrecientes de
un cultivo especializado y energéticamente deficitario- de inputs
externos con un valor añadido superior al contenido en el producto
cosechado. La caída tendencial del precio de éste y de la renta
agraria neta es resuelto mediante la reducción del consumo de productos
de fuera de la explotación o mediante la intensificación del trabajo
familiar cuando no se dispone de capital suficiente. La remuneración
del trabajo campesino resulta, pues, más baja en muchas ocasiones
que el precio de la de mercado de la mano de obra asalariada.
Esta forma de explotación capitalista del trabajo
campesino produce impactos igualmente degradantes en los ecosistemas
y desmonta el mito del "buen campesino" que por naturaleza desarrolla,
al margen de la historia, prácticas ecológicamente eficientes para
los agroecosistemas. Sin embargo, debe reconocerse que "la inexistencia
de una tendencia interna hacia la maximización de la tasa o la masa
de ganancias capitalistas se traduzca en forma directa en un agotamiento
de los recursos naturales" (Leff, 1986). En otros términos, la intensidad
de la subordinación al mercado capitalista de la explotación campesina
marca el grado de desequilibrio y desarticulación de los agroecosistemas
y el carácter más o menos eficiente, ecológicamente hablando, de
las prácticas productivas campesinas.
Por esta razón, el estudio de las culturas
campesinas tradicionales y su manejo de los recursos naturales,
cuando la presión capitalista o mercantil es baja, resulta de sumo
interés para la agroecología. Es una tarea que compete a todo historiador.
No se trata sólo de ecologizar la historia agraria, existe una oportunidad
donde el trabajo como investigadores del pasado puede ser de enorme
utilidad para el desarrollo de una actividad agrícola sostenible.
Los sistemas de conocimientos de tales culturas, que comprenden
aspectos lingüísticos, botánicos, zoológicos, artesanales y agrícolas,
fueron producto de la interacción de sus individuos y el medio ambiente
y trasmitidos por medios orales de una generación a la siguiente.
Varios aspectos de tales sistemas resultan de gran interés: el conocimiento
sobre el medio físico, las taxonomías biológicas, el conocimiento
acumulado en la implementación de prácticas agrícolas y su carácter
experimental.
Algunas culturas desarrollaron sistemas de
clasificación de suelos en función de su origen, color, textura,
olor, consistencia y contenido orgánico, por su potencial agrícola
y el tipo de cultivo que resultaba más adecuado. Ejemplos muy interesantes
se pueden encontrar en los aztecas (Williams, 1980), en las culturas
andinas del Perú (McCamanta, 1986) y otros lugares Latinoamericanos
(Chambers, 1983). Algo parecido ocurre con las taxonomías campesinas
de animales y plantas que no tienen nada que envidiar a las científicas.
Se sabe los Mayas de Tzeltal y de Yucatán y los Purépechas podían
conocer más de 1200, 900 y 500 especies de plantas respectivamente
(Toledo y otros, 1985); o los agricultores Hanunoo en Filipinas
que distinguían más de 1600 (Conklin, 1979). Estos sistemas de clasificación,
de una gran complejidad, explican que el nivel de diversidad biológica
en forma de policultivos y sistemas agroforestales no sea resultado
de la casualidad sino de un conocimiento muy aproximado del funcionamiento
de los agroecosistemas, asignándoles a cada uno el aprovechamiento
más adecuado. La diversidad genética que resulta hace a estos agroecosistemas
mucho menos vulnerables a las enfermedades específicas de tipos
concretos de cultivos y provoca usos múltiples de las plantas en
el terreno de la medicina, los pesticidas naturales o la alimentación,
mejorando la seguridad de las cosechas.
Conforme avance nuestro conocimiento de las
culturas campesinas tradicionales va desapareciendo la idea preconcebida
de que sus prácticas agrícolas eran primitivas e insuficientes.
En cambio se afirma la idea del carácter adecuado y muchas veces
sofisticado de las mismas en relación al manejo de los ecosistemas.
Además, muchos de los agroecosistemas tradicionales han mostrado
su sostenibilidad en sus respectivos contextos históricos y medioambientales
(Coz y Atkins, 1979), gracias a que comparten una serie de características
estructurales y funcionales (Norman, 1979): el fomento y aprovechamiento
de una alta diversidad de especies; ciclos cerrados de materiales
y residuos mediante prácticas eficaces de reciclaje; sistemas de
defensa biológica contra plagas; dependencia local de fuentes energéticas
y baja utilización tecnológica, etc. En definitiva, están bien adaptados
al medio y conservan y reproducen la base de recursos naturales
de la que dependen.
Ahora bien, la agroecología no es un pensamiento
nostálgico ni reivindica la vuelta a los sistemas tradicionales
de cultivo, no reniega en absoluto de muchos de los logros de la
agricultura convencional. El estudio de los agroecoistemas tradicionales
puede proporcionar conocimientos muy útiles sobre el manejo eficiente
de los ecosistemas, precisamente cuando nuestro modelo de agricultura
intensiva está en crisis, aplicándolos en la implementación de alternativas
más sostenibles tanto aquí en Europa como en los países subdesarrollados.
No todas las estrategias de manejo tradicional resultaron exitosas
y por tanto no se trata de reivindicarlas todas, sino de extraer
aquellos principios útiles de las que fueron más eficientes y las
enseñanzas pertinentes de las que resultaron fallidas. Esta debe
ser una de las tareas principales de los historiadores agrarios.
Su utilidad es indudable y su necesidad evidente.
Como dice Altieri (1987) "necesitamos modelos
de agricultura sustentable que combinen elementos de ambos conocimientos,
el tradicional y el moderno científico. Complementando el uso de
variedades convencionales e insumos comerciales, con tecnologías
ecológicamente correctas s puede asegurar una producción agrícola
más sustentable".
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