ORDENDANDO
LA AGRICULTURA EN AMERICA LATINA
Si se nos pudiera señalar cuales son las actividades productivas
más importantes para luchar contra la pobreza, mejorar la calidad
e vida de la población y en general, lograr el desarrollo sustentable
de la Región, no vacilaríamos en decir que en la actualidad
una de ellas es la agricultura, siempre que se lleve a cabo racionalmente
desde el punto de vista ecológico. De ella depende nuestra
seguridad alimentaria, objetivo estratégico fundamental para
luchar contra la pobreza en el medio rural y urbano. Hoy por hoy,
no hay meta más importante que la de garantizar una buena alimentación
a la población, la cual como resultado de la crisis económica,
está comiendo menos, comprometiéndose así la
potencialidad del núcleo humano. Pero igualmente la agricultura
y la ganadería son las actividades productivas responsables
de la mayor destrucción ecológica. De aquí que
se nos plantea una condición difícil de satisfacer desde
el punto de vista de nuestra estrategia: cómo fomentar la agricultura
para que ésta continúe expandiéndose a tasas
superior es al 3 por ciento anual que es lo que se ha estimado
necesario e implica esfuerzos formidables- y a la vez tornarla en
una empresa menos devastadora del patrimonio natural.
¿Por qué decimos esto último? Como expusimos
al referirnos a los grandes temas ambientales regionales, la mayor
amenaza que en el presente se cierne contra los grandes ecosistemas,
proviene de la deforestación de los bosques para ampliar
las fronteras agropecuarias o para explotar madera; de la erosión
y pérdida de fertilidad de los suelos debido a malas técnicas
de cultivo; de la contaminación de las fuentes de agua a
causa del uso de agroquímicos, los cuales fueron paradójicamente
uno de los factores que mayor influencia ha tenido en el aumento
de la productividad agropecuaria; de la desertificación que
se ha venido produciendo alrededor de los parajes más áridos
de la Región, originada por el sobrepastoreo y algunas formas
de cultivo perjudiciales para la tierra; y de la salinización
de los suelos dentro de los sistemas de riego. La agricultura es
la actividad económica que ocupa mayor extensión del
territorio en cada país, y en su conjunto se le destina aproximadamente
un 35 por ciento de todo el espacio territorial (1).
Ahora bien, ¿cuáles deben ser las estrategias que
convienen adelantar para alcanzar un desarrollo sustentable de la
agricultura en la América Latina y el Caribe? A nuestro juicio
son tres, sin dejar de hacer notar la íntima interacción
que debe existir entre ellas, como única vía para
garantizar su éxito.
A.- Aumento de la productividad agropecuaria
Un aumento sostenido de la productividad agropecuaria, tanto por
hectárea utilizada como por persona empleada en esta actividad,
tomando en cuenta prácticas de manejo racional de los recursos
naturales, permitirá atender a la vez varios objetivos fundamentales.
En primero lugar, el incremento de la producción requerido
para satisfacer la creciente demanda alimentaria de la población
en general. En segundo lugar, una más alta remuneración
a la población campesina (ver Figura 1), con lo cual estaremos
reduciendo la pobreza en el medio rural. Y en tercer término,
detener la expansión de las fronteras agrícolas. La
progresiva y acelerada transformación de áreas de
selva que desaparecen, dando lugar al establecimiento de sabanas
y pastizales para la ganadería, constituye el proceso ambiental
más notable por la magnitud de la superficie regional afectada
y por sus efectos prácticamente irreversibles sobre los ecosistemas.
En ninguna otra Región del mundo ha tenido la ganadería
un impacto ambiental tan intenso como el que ha tenido lugar en
América Latina y el Caribe.
La detención de este proceso, aunado a un mejor aprovechamiento
de los recursos naturales dentro de las extensiones actualmente
ocupadas por las actividades agropecuarias redundará notablemente
en la reducción de la degradación ambiental. Debe
tomarse en cuenta que gran parte de la tierra habilitada por la
agricultura está desperdiciada. Por ejemplo, hasta el 80
por ciento de la tierra deforestada en los bosques tropicales no
se cultiva cada año, en virtud de largos barbechos forestales.
Un 30% de las tierras irrigadas no se usan debido a la salinización.
Evitar el desperdicio del agua de riego, que permitiría cultivar
un significativo porcentaje adicional de la tierra hoy en descanso,
reduciría la salinización. Además cada hectárea
podría producir más de una cosecha anual si se regularizara
el riego. Por otra parte, cada hectárea en producción
genera cosechas varias veces inferiores a lo que su potencial permitiría
de utilizarse una tecnología más apropiada.
En verdad no hay argumentos convincentes para continuar avanzando
los procesos colonizadores sobre los últimos bosques tropicales
de la Región. En la Amazonía y en la Orinoquía,
por ejemplo, ya existe tierra habilitada para ala agricultura y
la ganadería con acceso vial e infraestructura de servicios-
que anualmente se desaprovecha en un 75 por ciento. Las inversiones
en carreteras nuevas deben reservarse para la consolidación
de los asentamientos existentes, en los que la primera meta debe
ser el aumento de la productividad. Las carreteras nuevas en tierras
vírgenes de suelos pobres, en lugar de fomentar la riqueza,
estimulan el desperdicio de recursos naturales y extienden la pobreza.
Con el fin de aumentar la productividad se plantea la necesidad
de acometer medidas del siguiente tenor:
Aplicación
de la tecnología. Este es el campo actualmente más
promisorio para aumentar la productividad. Aquí entra de
lleno el amplio ámbito que nos ofrece la investigación
agronómica y biotecnológica. También la introducción
de sistemas integrados de producción rural (agricultura,
ganadería, explotación forestal, acuicultura). Asimismo
el mejor uso de tecnologías más convencionales, como
la aplicación de agroquímicos, con las reservas que
luego expondremos; el riego, la mecanización y la integración
de esta tecnología con las tecnologías modernas o
de punta. Es posible transformar la agricultura campesina en una
agricultura de alto rendimiento a través del uso de tecnologías
ecológicamente viables. Muchos estudios realizados señalan
que la productividad agropecuaria, especialmente en la rama ganadera,
es tan baja actualmente que con moderados esfuerzos y el uso de
tecnologías conocidas podría incrementarse apreciablemente,
de manera que sea innecesario continuar expandiendo las fronteras
agrícolas con toda la carga de destrucción ecológica
que ellos implica o inclusive, reducir la superficie de pasturas.
Rehabilitación
productiva de los ecosistemas deteriorados y alterados. En la actualidad
esto se considera un enfoque realista para resolver muchos problemas.
Precios justos
a los productos agrícolas. Ha quedado demostrado que no hay
factor que estimule más el aumento en la productividad agrícola
que un sistema de precios verdaderamente remunerativos para los
agricultores. Esta problemática está vinculada a otras
políticas a las cuales nos referiremos más adelante.
Asistencia
técnica-financiera a los agricultores. Sin un buen servicio
de extensión agrícola es imposible divulgar el uso
de las nuevas tecnologías, y sin un sistema eficiente de
crédito agrícola no hay posibilidad de garantizar
el financiamiento oportuno de las cosechas.
A.- INTRODUCCION DE LA RACIONALIDAD ECOLOGICA
EN LA AGRICULTURA
La viabilidad de toda la estrategia de desarrollo sustentable en
la agricultura, dependerá principalmente de que se llene
un requisito básico: la política agrícola de
los países debe marchar mano a mano con la política
ambiental. Para esto es imprescindible establecer los mecanismos
institucionales apropiados. Una opción aconsejable para iniciar
el proceso puede ser la creación de comités de planificación
agropecuaria donde participen activamente representantes del sector,
de las organizaciones campesinas y asociaciones de productores,
del ente de gestión ambiental y de los órganos que
definen las políticas económicas y comerciales.
Como parte de la responsabilidad general de estos organismos debe
iniciarse un análisis sistemático de la producción
de cada rubro agropecuario, según las diferentes zonas ecológicas,
para determinar tanto las vías para aumentar la productividad
como los impactos ambientales que se están produciendo o
pueden ocurrir, a fin de adoptar medidas para evitarlos o mitigarlos.
Esta estrategia, por sí sola, no dará resultados de
la noche a la mañana pero tampoco se pretende que así
sea. Lo que se trata es de ir introduciendo progresivamente una
racionalidad ecológica dentro del sector agropecuario, que
se irá profundizando en la medida en que se aplique normas
que pueden estar dentro de las siguientes categorías:
Racionalización
del uso de agroquímicos dando preferencia, por ejemplo, a
métodos de manejo integrado de plagas y, en la medida que
sea posible, al uso de abonos orgánicos.
Promoción
de técnicas de cultivo que imitan la naturaleza, como los
policultivos y la agroforestería.
Programas
de subsidio campesino, para restaurar cuencas hidrográficas
y ecosistemas deteriorados.
Desarrollo
artificial de bosques maderables en tierras marginales para ser
aprovechados mediante plantes de manejo, reduciendo así la
presión que se ejerce sobre los bosques naturales que se
conviene en someter a explotación maderera.
Ordenamiento
del uso del suelo promoviendo los cultivos apropiados de acuerdo
con la vocación ecológica, todo ello en función
de los plantes de ordenación del territorio.
Conservación
de los suelos para controlar la erosión hídrica y
eólica.
Desarrollo
de sistemas agroforestales que permiten obtener tanto alimentos
como elementos combustibles y madera en general.
Promoción
de la agricultura donde existan condiciones ecológicas apropiadas,
como vía para aumentar la producción y el empleo rural.
Asignación
de un precio justo al agua para riego que estimule evitar su desperdicio.
A.- CONCURRENCIAS DE
OTRAS POLITICAS
Cualquier acción destinada a incrementar sostenidamente la
productividad y la producción agropecuaria, en armonía
con los valores del ambiente, resultará inoperante si a la
par de la naturaleza señalada no se logra la concurrencia
de otra política de desarrollo. La coordinación de
esta área es un requisito también indispensable. A
la luz de estos objetivos, tienen que ser revisadas las políticas
de precios mínimos para productos agropecuarios, de subsidios,
de impuestos de distribución, de financiamiento y de protección
arancelaria entre otras. En el campo de formulación de estas
políticas han existido tradicionalmente flagrantes contradicciones.
Los gobiernos se debaten constantemente entre dos fuerzas muy difíciles
de compatibilizar: impedir la elevación de los precios de
los artículos de primera necesidad o estimular la producción
agropecuaria. La intervención pública se vuelve entonces
casuística, espasmódica y carente de continuidad con
lo cual termina por no poder atenderse ninguna de los dos objetivos
anteriores. Dentro de los procesos de reforma del Estado, éste
es uno de los aspectos que deberá atenderse prioritariamente:
cómo cambiar el papel del Estado en la formulación
e instrumentación de las políticas económica
que condicionan un desarrollo agropecuario sustentable.
La justa distribución de los medios de producción
y de los productos del campo ha de ser también atendida.
Es dentro de este contexto donde adquieren importancia las políticas
de reforma agraria para dotar a todos los agricultores de la tierra
y la asistencia técnica y financiera necesitarias, así
como para evitar el minifundio.
Como se sabe, la concentración de la tierra continua siendo
muy elevada en la mayoría de los países. En el mejor
de los casos, se han repartido tierras, pero los campesinos no han
podido incidir en los precios, en los insumos y en las tecnologías,
ni tampoco tener acceso a los mercados. Por otra parte, algunas
distribuciones de tierra alientan la destrucción de los bosques.
Tal concepción debe variar de manera que la reforma agraria
pueda atender a las particularidades de cada ecosistema, a la organización
social actual y posible y a las necesidades y aspiraciones de los
beneficiarios. Una acción que convendría adelantar
por parte de los gobiernos es la promoción de proyectos de
desarrollo sustentable a través de cooperativas o empresas
campesinas, que utilicen tecnologías apropiadas a las características
ecosistémicas y culturales.
En síntesis, podemos decir que ordenar la agricultura constituye
un fin prioritario para el aprovechamiento sustentable de los recursos
naturales. Subsanar todos los problemas señalados va a requerir
una alta dosis de voluntad política, conciencia ambiental
y modificación de la racionalidad económica. No todo
podrá hacerse de inmediato. Lo que es importante desde ahora
es ir reorientando las tendencias más negativas, de manera
que en el mediano plazo pueda decirse que hemos cambiado el curso
hacia un rumbo que nos conduzca al desarrollo sustentable.
(1) A nivel regional, una estimación para 1980 de los usos
del suelo arrojaba los siguientes resultados: ecosistemas originales
42 por ciento; suelo urbano 0,7 por ciento; uso agrícola
(ciclo corto), 8 por ciento; plantaciones 0,3 por ciento; uso ganadero
27 por ciento; áreas alteradas 20 por ciento: y eriales (degradación
total), 2 por ciento.
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