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Los problemas relacionados con la producción de energía, traídos
a la discusión pública a raíz de los aumentos del precio del petróleo,
o más propiamente de los choques petroleros del73 y del 78, éste
último vinculado a la más reciente crisis Iraní, han despertado,
en general, poco interés. Más allá del hecho estrictamente noticioso,
el venezolano parece estimar que tales problemas no estarán en condiciones
de afectarle en la medida que el país es un importante productor
de petróleo; a tal actitud ha contribuído la forma como los organismos
y personalidades oficiales manejan la información referente a la
producción petrolera y a los ingresos fiscales que se obtienen de
ella.
En los últimos años, cuando la gestión económica de los gobiernos
ha suscitado serios cuestionamientos y el modelo de desarrollo económico
venezolano comienza a presentar serios estrangulamientos, tanto
desde el punto de vista estructural como social, la expectativa
respecto a los beneficios obtenidos de la actividad petrolera se
magnifica.
El petróleo ha representado para el venezolano, ciertamente, una
especie de "ángel de la guarda" (según la expresión utilizada por
el presidente Luis Herrera Campins), pero cuyo peso e importancia
en la economía y sociedad venezolana no es mesurado en su justa
dimensión.
En realidad, los incrementos habidos en los precios del petróleo
han permitido aumentar los ingresos fiscales de la nación y, como
consecuencia de ello, enfrentar parcialmente algunos de los problemas
relacionados con la balanza de pagos y el financiamiento del gasto
corriente, y sobre todo, impulsar algunos voluminosos proyectos
de "desarrollo".
Las actuales circunstancias económicas por las que atraviesa el
país, endeudamiento, déficit fiscal y estancamiento económico ha
permitido el replantear, ahora con mayor énfasis, la antigua discusión
entorno al uso más racional de los ingresos fiscales derivados de
la explotación del petróleo, en función de una estrategia de desarrollo
económico y de política fiscal capaces de generar actividades que
logren aumentar la capacidad de recursos internos distintos al petróleo
y que por consiguiente, contribuyan a bajar la presión sobre su
explotación y a mantener a éste como motor fundamental del desarrollo
del país.
La sintomatología de la crisis económica y energética actual es
tal, que parece existir un cierto consenso entre los sectores económicos
privados, laborales y del Estado, en relación con el diseño de un
nuevo modelo de desarrollo económico para el país.
Sin embargo, asimilada la experiencia "desarrollista" del quinquenio
74-77 con su secuela del cuantioso endeudamiento externo, la actual
política económica de franca inspiración neoliberal no parece conducir
explícitamente, ni en cuanto a sus objetivos ni a su estrategia
de largo plazo, a asentar las bases de ese nuevo modelo o rendimiento
de la economía venezolana. Dentro de este contexto, uno de los problemas
que más llama la atención es el abastecimiento de productos y materias
agrícolas; en términos generales, las importaciones de productos
alimenticios, animales, materias primas se triplican en el período
1973-77, al pasar de 1.197 a 4.114 millones de bolívares (1), y
para 1978 la cifra de 5.370 millones de bolívares. Pero más importante
que las cifras consideradas en sí mismas, es el elemento cualitativo
implícito en ellas. En efecto, el componente importado del consumo
aparente para productos tales como el maíz (26%), sorgo (62.2%),
granos leguminosos (99%), leche y derivados (31%) (2) revela un
importante nivel de dependencia externa (1) en productos
que, como en el caso de la leche y leguminosas, constituyen en alrededor
del 40% a las disponibilidades calóricas totales para el consumo
humano (2) y representa el insumo más importante de la
industria avícola, porcina y harina. La apreciación generalizada
ante este caso, es que se hace necesario formalizar una estrategia
de desarrollo agrícola tendiente a lograr el autoabastecimiento,
asumiendo para ello que se cuenta con una adecuada disponibilidad
de recursos factoriales, de tierra y de capital proveniente del
excedente petrolero.
La preocupación por la agricultura ha sido notable en el último
quinquenio y en lo que va de éste especialmente en lo que atañe
a las estrategias explícitas del V y VI plan de la nación. Los recursos
destinados al sector en el período 74-78 han sido considerables,
más de 20.404 millones de bolívares directos del sector público
(1). No obstante la situación del abastecimiento agropecuario sigue
siendo importante motivo de preocupación. Cabría preguntarse cuál
ha sido el destino de esta inversión y por qué no se obtienen los
resultados esperados de ella. En todo caso, las cifras revelan que
la disponibilidad del recurso de capital (que en el caso de los
países productores de petróleo es notable) no es la condición suficiente
para alcanzar elevadas metas de producción y abastecimiento en materia
agropecuaria. Podría decirse que sí se ha sembrado el petróleo,
pero ciertamente ésto se ha hecho de una muy mala manera.
La vinculación del petróleo con la agricultura, ha sido establecida
esencialmente en función de un probable excedente económico proveniente
del petróleo que debe invertirse en el sector; la crisis energética,
el agotamiento del recurso, serían vistos entonces, en términos
de la disminución de disponibilidad de capital hacia la agricultura.
La vinculación al problema energético global, por ejemplo a una
política de conservación y de ahorros del recurso, aparecería, como
muchos menos comprensible y evidente, en atención a las demandas
alimentarias de la población y a las exigencias mismas en cuanto
a recursos de la agricultura. La modernización de la agricultura
constituye el pre-requisito básico en cualquiera de los programas
de desarrollo que se formulan en la actualidad para el sector, y
en ello parece haber amplia coincidencia. Sin embargo, la modernización
lleva implícita la utilización de modelos tecnológicos altamente
utilitarios del petróleo, o como señalan algunos especialistas,
cuya principal fuente energética la constituye el subsidio energético
especialmente fósil y, cuya eficiencia en términos de proteínas
y calorías producidas no parecen ser sustancialmente superiores
en relación a otros modelos menos dependientes de ese subsidio energético.
El encarecimiento del petróleo ha suscitado, por una parte, importantes
reflexiones y evaluaciones respecto a este modelo energético de
la agricultura moderna y, por otra parte, ha replanteado la necesidad
de indagar en torno a la alternativa de producción de alimentos
ahorradores del recurso y por consiguiente más eficiente energéticamente.
Esta última búsqueda es vital para los países no productores de
petróleo, pero también lo es para aquellos productores que a través
del subsidio energético interno o externo (cuando compran alimentos
y tecnología) despilfarran importantes cantidades del recurso.
La nueva situación surgida en el contexto energético mundial, ha
permitido evidenciar la importancia estratégica combinada por la
disponibilidad alimentaria y energética. El denominador "agropoder"
o "garrote alimentario", de suyo, ha dependido y depende de un aprovisionamiento
energético cada vez más caro y escaso.
El reacomodo del modelo de acumulación capitalista en escala mundial,
con miras a la resolución de su crisis estructural, ha implicado
e implica una adecuación de su estructura tecnológica a las nuevas
circunstancias surgidas en el seno de la economía mundial. En esa
perspectiva se desenvuelve, particular y prioritariamente, el esfuerzo
de las naciones de amplio desarrollo industrial, en la búsqueda
de fuentes alternativas de energía. El considerable esfuerzo que
ello representa, tanto en investigación como en inversión de capitales,
permite prever que la brecha tecnológica y la dependencia entre
países desarrollados y subdesarrollados se hará cada vez más grande,
si estos últimos continúan adoptando los moldes y patrones generados
a nivel de las economías centrales.
La producción agrícola y el abastecimiento alimentario constituyen
problemas de gran magnitud en la mayor parte de las economías subdesarrolladas.
El arsenal de posibles soluciones que se viene analizando, tanto
a nivel de organizaciones internacionales especializadas como de
instituciones nacionales de planificación, parecen conducir ineluctablemente
al diseño de estrategias modernizantes y a acordar una excesiva
confianza al paquete tecnológico de la "agricultura moderna". En
la mayoría de los caos, la adopción de ciertas tecnologías contribuye
a agravar problemas estructurales propios de las economías subdesarrolladas,
tales como la distribución del ingreso y la generación de empleo.
Si a ello se agrega el componente energético del cual son subsidiarias
tales tecnologías, es necesario entonces considerar algunos efectos
secundarios no menos importantes, como, por ejemplo, los déficits
crecientes de sus balanzas de pago. Este es precisamente el caso
de muchos países subdesarrollados no productores de petróleo, pero
con agriculturas comerciales de exportación bastante desarrollada,
cuya insuficiencia energética entraba no sólo el desarrollo de su
propia agricultura sino de la economía en su conjunto. Resulta evidente
que la suficiencia energética constituye una sólida base de apoyo
para el diseño de una estrategia de desarrollo tendiente a solucionar
los problemas de producción agrícola y abastecimiento alimentario
en cualquier país y, especialmente, de aquellos que no disponen
de recursos energéticos abundantes o son limitados.
En relación con lo anterior, se plantean las siguientes interrogantes:
¿Es ciertamente ineluctable, dadas las actuales condiciones de insuficiencia
alimentaria en la mayor parte de los países del área subdesarrollada,
el proceso de adopción en el corto y mediano plazo de los moldes
técnicos de la agricultura moderna? ¿Es posible lograr la transferencia
y adopción de tales moldes en condiciones más ventajosas para la
economía y la sociedad en su conjunto? ¿Bajo qué condiciones de
tipo estructural podrían operar tales modelos en el sentido señalado?
Al parecer, la tecnología energética de la agricultura moderna
(considerada "suntuaria", por cuanto hace un considerable desperdicio
de recursos productivos al ser aplicada) (3), no podrá, por cierto
tiempo, ser rechazada o soslayada integralmente. La agricultura
de regadío, la fertilización, el control químico de plagas y malezas,
el uso de plantas y animales de alto potencial genético y productivo,
la mecanización, etc., componentes esenciales de esa tecnología,
podrán ser racionalizados, integrados y combinados en "sistemas
de producción agrícolas" menos exigentes del subsidio energético
fósil y probablemente más eficientes, no sólo desde el ángulo de
su productividad energética, sino también del aprovechamiento integral
de los recursos naturales y de su función primaria de producción,
es decir, el suministro de calorías y proteínas a la población tanto
humana como animal. Lo anterior indica que solamente teniendo presente
un perfil estratégico referido al tipo de agricultura que se requiere
y es posible, se podrá optar por la adopción, ampliación y profundización
de determinados moldes técnicos de producción. Empero, la implementación
de enfoques como el sugerido no encuadra en el campo de las decisiones
estrictamente técnicas, sino que refiere a un análisis sociopolítico
global, en atención a las serias implicaciones del problema alimentario
con problemas de la geopolítica y geoestrategia mundiales y de las
condiciones estructurales de cada país, tanto en lo económico, político,
social y cultural, o más específicamente, del proyecto social de
cada país; y a la crítica teórica del paradigma urbano-industiral.
Como ha sido señalado precedentemente, es evidente que hoy por hoy
el problemas energético y la búsqueda de soluciones alternativa,
constituyen el aspecto medular de la estrategia de expansión y reacomodo
delas economías industrializadas. Por su parte, las naciones subdesarrolladas,
tanto las productoras como las no productoras de petróleo, estarán
fuertemente presionadas por la factibilidad y viabilidad de su modelo
tecno-energético global en la ocasión del diseño y formulación de
proyectos de desarrollo económico y social. De hecho, una de las
consecuencias más importantes de la actual crisis energética es
que ha permitido, por una parte, plantear un cuestionamiento integral
del tipo de desarrollo y expansión seguidos por los países industrializados
en relación principalmente con los efectos destructivos sobre la
naturaleza y el ambiente; y por otra, formular alternativas de mediano
y largo plazo tendientes a lograr mayor armonía entre el hombre,
la naturaleza y la sociedad. La dimensión ambiental, digámoslo así,
vendría a representar un enfoque estratégico alternativo ante perspectivas
catastróficas que conducirían irremediablemente a un "pacto con
el diablo", es decir, al desarrollo masivo de la energía nuclear.
La formulación de estrategias agrícolas nacionales conducentes
a obtener una suficiencia alimentaria mínima, esto es, la garantía
de un abastecimiento mínimo de la población humana conforme a los
requerimientos de alimentos e insumos básicos demandados por un
sistema de producción agrícola estable y diversificado, está estrechamente
relacionada con la suficiencia energética, es decir, con la disponibilidad
de energía (de origen fósil, hidroeléctrica, biomasa, biológica,
etc.) que se tenga para subsidiar permanentemente los sistemas primarios
de producción agrícola y sus subsistemas conexos (distribución,
almacenamiento, etc.) en función de determinadas metas de suficiencia
alimentaria.
Ahora bien, la tecnología agrícola moderna es altamente dependiente
del subsidio energético fósil, es decir, que requiere de altas dosis
de energía añadida a los sistemas de producción para catalizar el
proceso de fotosíntesis que permite capturar mayor cantidad de energía
solar en un período determinado de tiempo, con una eficiencia energética
global limitada. El desarrollo de sistemas de producción y de tecnologías
que maximicen, por una parte, el aporte energético que provee la
irradiación solar y por otra, que minimicen el subsidio energético
fósil o de otras fuentes, parece conformar una estrategia conveniente
para un número considerable de países subdesarrollados ubicados
en el área tropical. En tal sentido, el esfuerzo de inversión e
investigación, deberá orientarse hacia el diseño, perfeccionamiento
y organización de sistemas de producción tropicales, de lata capacidad
de producción y mejor eficiencia energética, esto es del aprovechamiento
y manejo más racional y eficaz de los recursos naturales y energéticos
disponibles en los ámbitos locales o regionales.
Resulta muy claro que estrategias como las indicadas no podrán
ser puestas en práctica si no se cuenta con un adecuado marco de
políticas agrarias y de un soporte administrativo-institucional
que promueva, regule e intervenga sistemáticamente en procesos fundamentales
a una tal estrategia, tales como la zonificación de cultivos, la
planificación agrícola y el desarrollo de proyectos agropecuarios.
Al parecer, los países productores de petróleo tienen la opción,
con base a su suficiencia energética, de ampliar su capacidad y
suficiencia alimentaria, aprovechando la ventaja comparativa de
poseer o disponer del subsidio energético petrolero para la agricultura
en su propio territorio. Sin embargo, se ha demostrado que si tal
subsidio opera por intermedio de una adecuada transferencia tecnológica,
ocurre realmente un despilfarro muy grande y, ciertamente oneroso
del recurso. En otro sentido, se ha señalado también que, si como
se presume, podría ser conveniente para los países petroleros con
amplia disponibilidad de divisas y con promisorias perspectivas
de desarrollo industrial practicar una política de abastecimiento
agrícola selectiva, tal política daría como resultado un intercambio
energético neto ampliamente favorable para el país exportador. Una
estrategia singular para los países que disponen del recurso petrolero,
y que estarían dispuestos a cederlo a aquellos que lo poseen en
el área subdesarrollada, a través de las políticas de ayuda económica,
debería considerar, por lo menos en el ámbito de la agricultura,
la racionalización de la línea energética fósil para el desarrollo
de la misma, el desarrollo de fuentes alternativas de energía no
convencionales, y especialmente, el impulso y apoyo financiero a
programas de investigación tendientes al diseño y perfeccionamiento
de sistemas de producción, tecnologías complementarias, y a modelos
de asentamiento humano en armonía con los ecosistemas autóctonos
y en función de estrategias de suficiencia alimentaria que permitan
a largo plazo ser a aquellos países menos dependientes no sólo del
suministro energético foráneo sino también de las coyunturas económicas
mundiales. Resulta evidente el importantísimo papel que pueden jugar
los países de la OPEP, en el sentido de propiciar y realizar cambios
cualitativos en los tipos de ayuda económica que se practican en
la actualidad a través de los organismos internacionales especializados
(ONU, FONDO OPEP, FMI, etc.) o bien mediante convenios bilaterales
o multilaterales de diversa índole.
El libro "La Agricultura como problema energético" propone establecer
un marco de referencia muy preliminar para el análisis de los problemas
agrícolas, en función de sus conexiones con la crisis energética
mundial y por otra parte, analizar sumariamente los lineamientos
estratégicos más importantes que deben ser tomados en cuenta en
relación con una política de incentivos a la producción e alimentos
en países con problemas y grados diversos de dependencia alimentaria
y, particularmente, en Venezuela.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
- Pinto Cohén, Gustavo. 1979. Hechos y Logros de la Agricultura
Venezolana. Caracas, M.A.C.
- Banco Central de Venezuela. 1978. Informe Económico Caracas.
- Moreno P. Félix. Octubre 1978, Glosario Comentado sobre Política
Tecnológica. Caracas. CONICIT. Pp. 52.
(*) Tomado de: "La Agricultura como Problema Energético: Elementos
para el Análisis de una Nueva Agricultura". Editorial Metrópolis
C.A. Caracas, Venezuela, 1983.
- Según datos aportados por Gustavo Cohén en Conferencia dictada
en el Colegio de Ingenieros de Venezuela, Octubre 1981, el coeficiente
de abastecimiento externo en productos agrícolas para Venezuela
oscila entre el 40 y 50%.
- Dato tomado de las Hojas de Balance de Alimentos del Instituto
Nacional de Nutrición. Período 1970-1977.
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