Agricultura y Energía en Venezuela
José Sedek León - CIEDA

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Los problemas relacionados con la producción de energía, traídos a la discusión pública a raíz de los aumentos del precio del petróleo, o más propiamente de los choques petroleros del73 y del 78, éste último vinculado a la más reciente crisis Iraní, han despertado, en general, poco interés. Más allá del hecho estrictamente noticioso, el venezolano parece estimar que tales problemas no estarán en condiciones de afectarle en la medida que el país es un importante productor de petróleo; a tal actitud ha contribuído la forma como los organismos y personalidades oficiales manejan la información referente a la producción petrolera y a los ingresos fiscales que se obtienen de ella.

En los últimos años, cuando la gestión económica de los gobiernos ha suscitado serios cuestionamientos y el modelo de desarrollo económico venezolano comienza a presentar serios estrangulamientos, tanto desde el punto de vista estructural como social, la expectativa respecto a los beneficios obtenidos de la actividad petrolera se magnifica.

El petróleo ha representado para el venezolano, ciertamente, una especie de "ángel de la guarda" (según la expresión utilizada por el presidente Luis Herrera Campins), pero cuyo peso e importancia en la economía y sociedad venezolana no es mesurado en su justa dimensión.

En realidad, los incrementos habidos en los precios del petróleo han permitido aumentar los ingresos fiscales de la nación y, como consecuencia de ello, enfrentar parcialmente algunos de los problemas relacionados con la balanza de pagos y el financiamiento del gasto corriente, y sobre todo, impulsar algunos voluminosos proyectos de "desarrollo".

Las actuales circunstancias económicas por las que atraviesa el país, endeudamiento, déficit fiscal y estancamiento económico ha permitido el replantear, ahora con mayor énfasis, la antigua discusión entorno al uso más racional de los ingresos fiscales derivados de la explotación del petróleo, en función de una estrategia de desarrollo económico y de política fiscal capaces de generar actividades que logren aumentar la capacidad de recursos internos distintos al petróleo y que por consiguiente, contribuyan a bajar la presión sobre su explotación y a mantener a éste como motor fundamental del desarrollo del país.

La sintomatología de la crisis económica y energética actual es tal, que parece existir un cierto consenso entre los sectores económicos privados, laborales y del Estado, en relación con el diseño de un nuevo modelo de desarrollo económico para el país.

Sin embargo, asimilada la experiencia "desarrollista" del quinquenio 74-77 con su secuela del cuantioso endeudamiento externo, la actual política económica de franca inspiración neoliberal no parece conducir explícitamente, ni en cuanto a sus objetivos ni a su estrategia de largo plazo, a asentar las bases de ese nuevo modelo o rendimiento de la economía venezolana. Dentro de este contexto, uno de los problemas que más llama la atención es el abastecimiento de productos y materias agrícolas; en términos generales, las importaciones de productos alimenticios, animales, materias primas se triplican en el período 1973-77, al pasar de 1.197 a 4.114 millones de bolívares (1), y para 1978 la cifra de 5.370 millones de bolívares. Pero más importante que las cifras consideradas en sí mismas, es el elemento cualitativo implícito en ellas. En efecto, el componente importado del consumo aparente para productos tales como el maíz (26%), sorgo (62.2%), granos leguminosos (99%), leche y derivados (31%) (2) revela un importante nivel de dependencia externa (1) en productos que, como en el caso de la leche y leguminosas, constituyen en alrededor del 40% a las disponibilidades calóricas totales para el consumo humano (2) y representa el insumo más importante de la industria avícola, porcina y harina. La apreciación generalizada ante este caso, es que se hace necesario formalizar una estrategia de desarrollo agrícola tendiente a lograr el autoabastecimiento, asumiendo para ello que se cuenta con una adecuada disponibilidad de recursos factoriales, de tierra y de capital proveniente del excedente petrolero.

La preocupación por la agricultura ha sido notable en el último quinquenio y en lo que va de éste especialmente en lo que atañe a las estrategias explícitas del V y VI plan de la nación. Los recursos destinados al sector en el período 74-78 han sido considerables, más de 20.404 millones de bolívares directos del sector público (1). No obstante la situación del abastecimiento agropecuario sigue siendo importante motivo de preocupación. Cabría preguntarse cuál ha sido el destino de esta inversión y por qué no se obtienen los resultados esperados de ella. En todo caso, las cifras revelan que la disponibilidad del recurso de capital (que en el caso de los países productores de petróleo es notable) no es la condición suficiente para alcanzar elevadas metas de producción y abastecimiento en materia agropecuaria. Podría decirse que sí se ha sembrado el petróleo, pero ciertamente ésto se ha hecho de una muy mala manera.

La vinculación del petróleo con la agricultura, ha sido establecida esencialmente en función de un probable excedente económico proveniente del petróleo que debe invertirse en el sector; la crisis energética, el agotamiento del recurso, serían vistos entonces, en términos de la disminución de disponibilidad de capital hacia la agricultura. La vinculación al problema energético global, por ejemplo a una política de conservación y de ahorros del recurso, aparecería, como muchos menos comprensible y evidente, en atención a las demandas alimentarias de la población y a las exigencias mismas en cuanto a recursos de la agricultura. La modernización de la agricultura constituye el pre-requisito básico en cualquiera de los programas de desarrollo que se formulan en la actualidad para el sector, y en ello parece haber amplia coincidencia. Sin embargo, la modernización lleva implícita la utilización de modelos tecnológicos altamente utilitarios del petróleo, o como señalan algunos especialistas, cuya principal fuente energética la constituye el subsidio energético especialmente fósil y, cuya eficiencia en términos de proteínas y calorías producidas no parecen ser sustancialmente superiores en relación a otros modelos menos dependientes de ese subsidio energético. El encarecimiento del petróleo ha suscitado, por una parte, importantes reflexiones y evaluaciones respecto a este modelo energético de la agricultura moderna y, por otra parte, ha replanteado la necesidad de indagar en torno a la alternativa de producción de alimentos ahorradores del recurso y por consiguiente más eficiente energéticamente. Esta última búsqueda es vital para los países no productores de petróleo, pero también lo es para aquellos productores que a través del subsidio energético interno o externo (cuando compran alimentos y tecnología) despilfarran importantes cantidades del recurso.

La nueva situación surgida en el contexto energético mundial, ha permitido evidenciar la importancia estratégica combinada por la disponibilidad alimentaria y energética. El denominador "agropoder" o "garrote alimentario", de suyo, ha dependido y depende de un aprovisionamiento energético cada vez más caro y escaso.

El reacomodo del modelo de acumulación capitalista en escala mundial, con miras a la resolución de su crisis estructural, ha implicado e implica una adecuación de su estructura tecnológica a las nuevas circunstancias surgidas en el seno de la economía mundial. En esa perspectiva se desenvuelve, particular y prioritariamente, el esfuerzo de las naciones de amplio desarrollo industrial, en la búsqueda de fuentes alternativas de energía. El considerable esfuerzo que ello representa, tanto en investigación como en inversión de capitales, permite prever que la brecha tecnológica y la dependencia entre países desarrollados y subdesarrollados se hará cada vez más grande, si estos últimos continúan adoptando los moldes y patrones generados a nivel de las economías centrales.

La producción agrícola y el abastecimiento alimentario constituyen problemas de gran magnitud en la mayor parte de las economías subdesarrolladas. El arsenal de posibles soluciones que se viene analizando, tanto a nivel de organizaciones internacionales especializadas como de instituciones nacionales de planificación, parecen conducir ineluctablemente al diseño de estrategias modernizantes y a acordar una excesiva confianza al paquete tecnológico de la "agricultura moderna". En la mayoría de los caos, la adopción de ciertas tecnologías contribuye a agravar problemas estructurales propios de las economías subdesarrolladas, tales como la distribución del ingreso y la generación de empleo. Si a ello se agrega el componente energético del cual son subsidiarias tales tecnologías, es necesario entonces considerar algunos efectos secundarios no menos importantes, como, por ejemplo, los déficits crecientes de sus balanzas de pago. Este es precisamente el caso de muchos países subdesarrollados no productores de petróleo, pero con agriculturas comerciales de exportación bastante desarrollada, cuya insuficiencia energética entraba no sólo el desarrollo de su propia agricultura sino de la economía en su conjunto. Resulta evidente que la suficiencia energética constituye una sólida base de apoyo para el diseño de una estrategia de desarrollo tendiente a solucionar los problemas de producción agrícola y abastecimiento alimentario en cualquier país y, especialmente, de aquellos que no disponen de recursos energéticos abundantes o son limitados.

En relación con lo anterior, se plantean las siguientes interrogantes: ¿Es ciertamente ineluctable, dadas las actuales condiciones de insuficiencia alimentaria en la mayor parte de los países del área subdesarrollada, el proceso de adopción en el corto y mediano plazo de los moldes técnicos de la agricultura moderna? ¿Es posible lograr la transferencia y adopción de tales moldes en condiciones más ventajosas para la economía y la sociedad en su conjunto? ¿Bajo qué condiciones de tipo estructural podrían operar tales modelos en el sentido señalado?

Al parecer, la tecnología energética de la agricultura moderna (considerada "suntuaria", por cuanto hace un considerable desperdicio de recursos productivos al ser aplicada) (3), no podrá, por cierto tiempo, ser rechazada o soslayada integralmente. La agricultura de regadío, la fertilización, el control químico de plagas y malezas, el uso de plantas y animales de alto potencial genético y productivo, la mecanización, etc., componentes esenciales de esa tecnología, podrán ser racionalizados, integrados y combinados en "sistemas de producción agrícolas" menos exigentes del subsidio energético fósil y probablemente más eficientes, no sólo desde el ángulo de su productividad energética, sino también del aprovechamiento integral de los recursos naturales y de su función primaria de producción, es decir, el suministro de calorías y proteínas a la población tanto humana como animal. Lo anterior indica que solamente teniendo presente un perfil estratégico referido al tipo de agricultura que se requiere y es posible, se podrá optar por la adopción, ampliación y profundización de determinados moldes técnicos de producción. Empero, la implementación de enfoques como el sugerido no encuadra en el campo de las decisiones estrictamente técnicas, sino que refiere a un análisis sociopolítico global, en atención a las serias implicaciones del problema alimentario con problemas de la geopolítica y geoestrategia mundiales y de las condiciones estructurales de cada país, tanto en lo económico, político, social y cultural, o más específicamente, del proyecto social de cada país; y a la crítica teórica del paradigma urbano-industiral. Como ha sido señalado precedentemente, es evidente que hoy por hoy el problemas energético y la búsqueda de soluciones alternativa, constituyen el aspecto medular de la estrategia de expansión y reacomodo delas economías industrializadas. Por su parte, las naciones subdesarrolladas, tanto las productoras como las no productoras de petróleo, estarán fuertemente presionadas por la factibilidad y viabilidad de su modelo tecno-energético global en la ocasión del diseño y formulación de proyectos de desarrollo económico y social. De hecho, una de las consecuencias más importantes de la actual crisis energética es que ha permitido, por una parte, plantear un cuestionamiento integral del tipo de desarrollo y expansión seguidos por los países industrializados en relación principalmente con los efectos destructivos sobre la naturaleza y el ambiente; y por otra, formular alternativas de mediano y largo plazo tendientes a lograr mayor armonía entre el hombre, la naturaleza y la sociedad. La dimensión ambiental, digámoslo así, vendría a representar un enfoque estratégico alternativo ante perspectivas catastróficas que conducirían irremediablemente a un "pacto con el diablo", es decir, al desarrollo masivo de la energía nuclear.

La formulación de estrategias agrícolas nacionales conducentes a obtener una suficiencia alimentaria mínima, esto es, la garantía de un abastecimiento mínimo de la población humana conforme a los requerimientos de alimentos e insumos básicos demandados por un sistema de producción agrícola estable y diversificado, está estrechamente relacionada con la suficiencia energética, es decir, con la disponibilidad de energía (de origen fósil, hidroeléctrica, biomasa, biológica, etc.) que se tenga para subsidiar permanentemente los sistemas primarios de producción agrícola y sus subsistemas conexos (distribución, almacenamiento, etc.) en función de determinadas metas de suficiencia alimentaria.

Ahora bien, la tecnología agrícola moderna es altamente dependiente del subsidio energético fósil, es decir, que requiere de altas dosis de energía añadida a los sistemas de producción para catalizar el proceso de fotosíntesis que permite capturar mayor cantidad de energía solar en un período determinado de tiempo, con una eficiencia energética global limitada. El desarrollo de sistemas de producción y de tecnologías que maximicen, por una parte, el aporte energético que provee la irradiación solar y por otra, que minimicen el subsidio energético fósil o de otras fuentes, parece conformar una estrategia conveniente para un número considerable de países subdesarrollados ubicados en el área tropical. En tal sentido, el esfuerzo de inversión e investigación, deberá orientarse hacia el diseño, perfeccionamiento y organización de sistemas de producción tropicales, de lata capacidad de producción y mejor eficiencia energética, esto es del aprovechamiento y manejo más racional y eficaz de los recursos naturales y energéticos disponibles en los ámbitos locales o regionales.

Resulta muy claro que estrategias como las indicadas no podrán ser puestas en práctica si no se cuenta con un adecuado marco de políticas agrarias y de un soporte administrativo-institucional que promueva, regule e intervenga sistemáticamente en procesos fundamentales a una tal estrategia, tales como la zonificación de cultivos, la planificación agrícola y el desarrollo de proyectos agropecuarios.

Al parecer, los países productores de petróleo tienen la opción, con base a su suficiencia energética, de ampliar su capacidad y suficiencia alimentaria, aprovechando la ventaja comparativa de poseer o disponer del subsidio energético petrolero para la agricultura en su propio territorio. Sin embargo, se ha demostrado que si tal subsidio opera por intermedio de una adecuada transferencia tecnológica, ocurre realmente un despilfarro muy grande y, ciertamente oneroso del recurso. En otro sentido, se ha señalado también que, si como se presume, podría ser conveniente para los países petroleros con amplia disponibilidad de divisas y con promisorias perspectivas de desarrollo industrial practicar una política de abastecimiento agrícola selectiva, tal política daría como resultado un intercambio energético neto ampliamente favorable para el país exportador. Una estrategia singular para los países que disponen del recurso petrolero, y que estarían dispuestos a cederlo a aquellos que lo poseen en el área subdesarrollada, a través de las políticas de ayuda económica, debería considerar, por lo menos en el ámbito de la agricultura, la racionalización de la línea energética fósil para el desarrollo de la misma, el desarrollo de fuentes alternativas de energía no convencionales, y especialmente, el impulso y apoyo financiero a programas de investigación tendientes al diseño y perfeccionamiento de sistemas de producción, tecnologías complementarias, y a modelos de asentamiento humano en armonía con los ecosistemas autóctonos y en función de estrategias de suficiencia alimentaria que permitan a largo plazo ser a aquellos países menos dependientes no sólo del suministro energético foráneo sino también de las coyunturas económicas mundiales. Resulta evidente el importantísimo papel que pueden jugar los países de la OPEP, en el sentido de propiciar y realizar cambios cualitativos en los tipos de ayuda económica que se practican en la actualidad a través de los organismos internacionales especializados (ONU, FONDO OPEP, FMI, etc.) o bien mediante convenios bilaterales o multilaterales de diversa índole.

El libro "La Agricultura como problema energético" propone establecer un marco de referencia muy preliminar para el análisis de los problemas agrícolas, en función de sus conexiones con la crisis energética mundial y por otra parte, analizar sumariamente los lineamientos estratégicos más importantes que deben ser tomados en cuenta en relación con una política de incentivos a la producción e alimentos en países con problemas y grados diversos de dependencia alimentaria y, particularmente, en Venezuela.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

  1. Pinto Cohén, Gustavo. 1979. Hechos y Logros de la Agricultura Venezolana. Caracas, M.A.C.
  2. Banco Central de Venezuela. 1978. Informe Económico Caracas.
  3. Moreno P. Félix. Octubre 1978, Glosario Comentado sobre Política Tecnológica. Caracas. CONICIT. Pp. 52.

(*) Tomado de: "La Agricultura como Problema Energético: Elementos para el Análisis de una Nueva Agricultura". Editorial Metrópolis C.A. Caracas, Venezuela, 1983.

  1. Según datos aportados por Gustavo Cohén en Conferencia dictada en el Colegio de Ingenieros de Venezuela, Octubre 1981, el coeficiente de abastecimiento externo en productos agrícolas para Venezuela oscila entre el 40 y 50%.
  2. Dato tomado de las Hojas de Balance de Alimentos del Instituto Nacional de Nutrición. Período 1970-1977.
 
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